jueves, 28 de junio de 2012

La pajarera



Me sucede cada vez que paso por mi viejo colegio y, de reojo, veo el óxido comiéndose lo que alguna vez fue la malla de una pajarera que se me antojaba interminable ¡La más inmensa del mundo!
En ese entonces no había vacío ni silencio. El tejido blanco se llenaba de graznidos y revoloteos, confundidos con los chillidos de nuestras jovencísimas gargantas. Pero hubo un día especial, imborrable en mi memoria.
Esa mañana había vuelto a escaparme antes de que sonara el timbre del recreo, así que fui la primera en llegar al patio, cuando aún estaba en calma. No se trataba de indisciplina por mi parte, sino de un acto de legítima defensa, dada mi sincera aversión por la frescavena, cuyo olor me bastaba para sentir náuseas. Y eso era lo que mi maestra estaba sirviendo para desayunar.
Aproveché estar en el comedor para deslizarme silenciosamente y perderme entre tanta mata. En minutos podría salir de mi escondite, para unirme al tropel de kínder y preparatorio, que serían veloces manchas rojas en medio del verdor.
Allí estaría mi sobrino, apenas menor que yo y recién ingresado a la escuela. Ambos vivíamos el sinsabor de ser repudiados por la mayoría de nuestros compañeros, que nos llamaban “embusteros” porque las tías “sólo podían ser señoras grandes”.
Como siempre, mi espera era entretenida gracias a esa pajarera, infinita para mis cinco años. Entre varias especies que en ella convivían, mis preferidas eran las guacamayas, con sus picos terribles que contrastaban con las coloridas plumas. Características que me esforzaba en imitar con mis toscos creyones de cera.
A una distancia prudente, observaba a las aves en cuestión, cuando me sorprendió aquel riiiing! Y lo que era un jardín tranquilo fue tragado por una marea humana que se derramaba en todas direcciones. Abandoné el matorral que me servía de escondrijo y me sumé a aquella marejada.
En medio de las risas y los gritos estaba sumergida cuando algo me hizo detenerme y mirar hacia mi izquierda.  Fue entonces cuando vi aquella escena incomprensible: una de las monjas batía frenéticamente los brazos, inclinándose ante uno de los muchachitos de la otra sección. Yo sólo podía ver la pequeña figura dándome la espalda, mientras la furia desfiguraba la cara de quien lo regañaba. Pero no se alcanzaba a oír ni una palabra de lo que le decía, pues su voz se ahogaba bajo las nuestras.
¡Y sucedió lo inesperado! Con un brusco ademán la hermana bajó los shorcitos del niño, que quedó desnudo y llorando, lo que provocó el estupor general. Y es que el patio entero enmudeció, paralizado como si un rayo nos hubiese clavado en el sitio a todos. Sólo los ojos enormes expresaban ese no-poder-creer.
Entonces pasó lo peor: con los pantalones  en los tobillos, y sacudido por sus sollozos, el niñito fue empujado dentro de la pajarera, donde sus gritos se redoblaron. Quizá fueron unos cinco minutos, pero se hicieron eternos para quienes presenciamos con horror el suplicio. Solo puedo imaginar que él temía que los pájaros picotearan su diminuta desnudez. Por algo se nos advertía no meter jamás las manos en la jaula.
Luego la misma monja levantó el castigo y regresó a sus ocupaciones sin dar ninguna explicación.  Nosotros volvimos  a las aulas sin atrevernos a comentar lo que pasó. No recuerdo nada más sobre ese alumno, que no era amigo mío. Y es que los varones tenían que  abandonar el colegio antes del primer grado. 

PR

VIVENCIAS MACONDIANAS....

Nací y crecí en Maracaibo en un caserón, hoy centenario, donde desde
el porche hasta el comedor mandaba Venezuela... Y desde la cocina a
los patios "de atrás" cantaba Colombia, gracias al desfile de señoras
que vinieron por las trochas para cuidar y cocinarle a "pelados"
ajenos. Ellas con sus vallenatos, sus radionovelas y esos imperdibles
rollos de carton en la cabeza.

Soy la "zurrapa", pues naci al final de una cola de 13 hermanos: 7
varones y 6 mujeres (detesto decir "hembras"). Mi madre, que era muy
bella, se casó siendo casi una niña y mi papá le doblaba la edad. Esta
inmensidad la estrené yo, cuando yo misma era un estreno.

Mi familia, después de alquilarla por largo tiempo, decidió que era
hora de salir de Los Haticos y venirse a Tierra Negra, hacia lo que
entonces era el Maracaibo "moderno". El antiguo asentamiento de hatos
ya estaba urbanizado.

Y entonces, construyendo un largo y ancho pasillo en esta vieja
residencia, nuestro padre hizo algo insólito para la época y las
circunstancias: prohibió que cortaran la enorme mata de mango que
reinaba en medio de la construcción. Y fue asi como ese tronco se
convirtió en el pilar sentimental de mis recuerdos. Hoy ya no me
acompaña... aunque siempre habitará en mí.

Leer a García Márquez sólo me ha hecho sentir en mi hogar, donde las
pesadillas se cuentan antes del mediodía "para que nada malo
ocurra"... donde, gracias al pararayos del Hotel Kristoff, las
tormentas podían ser tan bravas que nos arrinconaban rezando y con la
palma bendita en las manos... Donde las viejas cocineras nos advertían
sobre los niños a los que se tragaba la tierra por desobedientes... y
nuestras cuidadoras colombianas ponían vasos con agua para que los
Santos y las Änimas calmaran su sed nocturna.

Los animales, que han rodeado mi vida, también me siguen en mis
cuentos. Esa especial relación ha crecido en mí hasta convertirme en
rescatista de esos seres callejeros que a nadie parecen importar. Mi
actual vivienda es refugio de 23 de ellos.

Y pese a que mis historias pueden ocurrir en cualquier geografía, mi
ciudad está presente hasta cuando mis personajes viajan, como en el
Hombre... Maracaibo es como internalizar esos hiperbólicos "450
grados a la sombra" con los que quiero reflejar no sólo el sofocante
clima, sino también lo intensos que podemos ser.

PR


La madre herida



Ambas presentían que era la última que iban a verse, sin embargo, fue un encuentro ausente de emoción. La hija venía a despedirse. En tres días se marcharía del país.

Desde la cama –donde murió poco después-, la madre quiso volver a oír los planes que enmascaraban la gran mentira: oportunidades  de estudio y un mejor futuro en el exterior, repitió mecánicamente la otra.

Las dos sabían que la más joven sólo quería escapar de aquel amante casado. Tras una década de vértigo, él no se decidía a dejar a su esposa. Los treinta años de la hija y el hastío de la espera empujaron al todo o nada en que se planteó la relación. Ahora sólo quedaba cumplir con el ultimátum.

Destrozada pero desafiante, la mirada seca de la hija sostuvo los ojos escrutadores de la madre. Por supuesto que de ese hombre no se habló. Ambas permanecían inconmovibles. La más vieja recordaba a otras queridas… y las lágrimas que por culpa de ellas había derramado.
La hija no necesitaba escuchar a la madre para saber en que estaba pensando. La felicidad de una siempre iba a ser la desgracia de la otra. Así de simple. El abismo entre las dos mujeres no hizo sino crecer aquella tarde.
Deberías maquillarte como Fulanita. Ella nunca se ve vulgar...
La muchacha hizo esa mueca que expresaba una rabia mal contenida.
Y por favor, no vuelvas a encargar otra torta grotesca para el cumpleaños del niño. Mejor pregúntale a Zutano, que es una persona con buen gusto.
La hija no quiso saber más. Abruptamente se puso de pie, tomó su bolso y caminó hacia la puerta, sin despedirse.
Una voz débil la detuvo:
¿Recuerdas aquel gato negro que tanto buscaste? Lo había atropellado un carro…Tengo el collar.
La cabeza giró de inmediato y un mirar, derrotado por el llanto, se clavó en la madre:
¿Queeeeé? Pero si me viste salir a buscarlo, durante seis meses… ¿Estás segura?..¿Por qué no me dijiste?
Por un instante brillaron los ojos de la mayor:
No quería verte sufrir

PR



Pánico en el kinder





Mi estreno en el mundo académico fue a los cuatro años. Ese día me colocaron un uniforme rojo con botones blancos, medias nuevas y mis zapatos Pepito "de salir". El pelo recogido en dos colitas con moñeras de lujo. Estaba irreconocible de tan civilizada que me veía, según comentó mi hermana mayor.


Sé que a ella yo la había hecho sufrir, arrancándome cada zarcillo que quiso ponerme, y que habían sido en vano sus esfuerzos por sembrar en mí algún asomo de coquetería. Por eso me bautizó como Carolina del monte...bien lejos de la ya legendaria Princesa de Mónaco.
Recuerdo mi emoción frente al espejo, lista para mi primera clase...aunque no me gustó levantarme obligada y mucho menos que no me dejaran abrazar a Boby, mi gran danés, que siendo un gigante y yo una bichita, me permitía toda clase de juegos. Hasta ese momento mi sitio favorito era el traspatio de aquel caserón interminable, donde también me esperaban los otros perros:Titina, Frizy y Manchitas. Más allá, casi siempre escondidos y buscándome para comer, una legión de gatos sin nombre que eran mis protegidos. Así había transcurrido mi vida, en libertad para seguir a mis muchachos, como les decía (y aún les digo), corriendo en pantaletas por la casa y sus escondrijos.
Sin embargo, cuando mis hermanas mayores me tomaron de la mano para ir al kinder, supe que algo grande iba a suceder. Debía abandonar mi pequeño reino de matas de mango, donde había montado mi criadero de pollitos, en pos de reunirme con gente de mi edad para aprender y no ser tan montuna, como me repetían. 
A pocas cuadras de mi calle se levantaba El colegio: un laberinto de pasillos que mareaban, hasta llegar a un patio sombreado por árboles viejos y con un reguero de niñitas, montadas en descoloridos columpios. Inmediatamente sentí que aquello se parecía a mí, con sus paredes bajitas y salones abiertos para escaparse sin esperar el recreo.
Me adapté sin problemas porque mi maestra era dulce y no me regañaba aunque cabeceara en pleno alfabeto, ni cuando arrancaba un aguacero y todas nos subíamos al medio bahareque para cantar "Que llueva, que llueva...".
Pero no me sentía tan a gusto con las religiosas, pues por su culpa estábamos restringidas a ese único espacio. Y yo quería ver a mis hermanas, que estaban en bachillerato. Allí empezó la confusión.
Con sus trajes largos y blancos, las monjas se me antojaban fantasmas que perseguían niñitas. Fue entonces cuando una compañera "con más experiencia" me susurró lo que ocurría a quienes se atrevían a cruzar aquel cerco vegetal: las grandes se las llevan y las matan en el Laboratorio! Eso, me aseguró, se lo había oído a las fantasmas.
Mi horror ante la revelación fue infinito, mi boca abierta y el espanto de mis ojos eran elocuentes...pero solo sirvió para aumentar mi curiosidad por asomarme a lo prohibido. Comencé a robar minutos para espiar desde los arbustos más próximos al fulano laboratorio ...
!Y una mañana las ví! Eran cuatro muchachas las que reían mientras una blandía un cuchillo lleno de sangre, que luego puso en una bandeja. Basto esa imagen para hacerme palidecer y correr a mi aula, con la cabeza atormentada al comprobar que se había cometido un asesinato.
Tuve que callar hasta la hora del receso. Y entonces, frente a la gravedad de mi descubrimiento, llamé a mis amiguitas para contarles !Eso fue como soltar una bomba en el kinder!...Dos de las nuestras no habían asistido a clase esa semana. Era obvio que algo les habían hecho las grandes.
No le creímos a la señorita cuando nos dijo que tenían lechina, pero tampoco sabíamos que hacer. Me comprometí a preguntar a mis hermanas apenas las viera. La mañana se me hizo eterna.
Por fin vinieron a buscarme y pude hablar lejos de las monjas y la maestra. Tenía tan atragantado el susto, que en las palabras se mezclaban lágrimas y sollozos con hipo incluido. Cuando mi hermana logró entenderme, soltó una carcajada y dijo:
!Deja la montunería, chica! Sólo matamos un conejo...
Demás está decir que comencé a llorar el doble.

PR


Cartas desahuciadas (nro 1)

Maracaibo; 29 de junio de 2011

Me siento rota, pero bellamente humana...

Que tú eres mi ficción, ya lo sé. Que eres un simpático, jodedor sumergido en el estrés de Caracas, ya lo sé. Que nada tienes que ver conmigo, ya lo sé. Que nuestras vidas no pueden ser más distintas, ya lo sé. Que nunca compartiremos el mismo espacio físico, ya lo sé...Que dentro de mí hay alguien que me toma la mano, que se llama como tú, pero que existe sólo para mí...algo así como un amigo imaginario !Todo eso y mucho más, ya lo sé!


Trasnochada, llorosa, espelucada y sin pintura...Casi parezco aquel tango: "flaca, tres cuartas de cogote, una percha en el escote..." pero creo que son las más hermosas que me he tomado, porque son fotografías de un sentimiento...Y aunque sea un momento de dolor, también hay belleza en la vulnerabilidad...en las imperfecciones y hasta en la propia fealdad. Quería que me vieras al natural y llena de pensamientos, como de verdad soy...Y no le pares a que el espejo esté algo manchado (es viejo), acentúa ese old look y hasta parece que un tono sepia dominara.


Cuando yo estaba embarazada me sentía preciosa dentro de un cuerpo que me asemejaba a "una niña con parásitos" (como yo misma me describía). Ahora me siento tan a flor de piel que sólo puedo agradecer este nuevo parto de emociones... Son imágenes que reflejan mi estado de ánimo cuando estoy, como digo, "rota"... ayer y hoy por mis dos amores, otras por todo lo demás...La verdad es que el otro espacio donde también me reencuentro y me redimo es cuando escribo... La palabra me salva...Pero estas imágenes creo que, sin ser de calidad, son las más honestas, las más humanas que me he tomado.


Te hago dos envíos (cada uno con su texto), pero te prometo que pronto tendrás tus fotos con el desfile de aquellas pantys ¿matadoras?...O como les llames. Pero Estas son MIS fotos, las que siempre he querido que tengas para recordarme como soy realmente. No como la stripper que nunca me sentí...Sólo quiero que me tengas desnuda, pero de alma. Un destape interior, pues.


Sé que pronto tendré que soltar la mano de este adorado amigo para seguir caminando sola, pero aún me cuesta parar de hablarte (aunque sea con el pensamiento)...o no seguir mordiéndome los labios de deseo cuando pienso en tí... Entonces regreso a mi rutina de disociada con audífonos, para ahogarme en los audios de Unión Radio, pero sin lograr silenciar ese feeling bonito que me quema por dentro.


Tú eres el único tipo al que le escribí no uno, sino como 14 cuentos... (te pasaré la lista para que lo compruebes). No sé cuántas bellas caraqueñas pueden entregarte un trozo de ellas mismas al pensar en tí...


PR


El accidente





La primera vez que lo vio fue compartiendo, junto al resto del grupo, en la cena de Navidad. Andrea saludo a todos y le tocó sentarse junto al muchacho. Se cruzaron miradas y sonrisas. Sólo entonces ella se fijó en la silla de ruedas, pero trató de esconder cualquier gesto que pudiera incomodar al joven desconocido.

Él apenas tenía 24 años y unos ojos castaños, inmensos e increíblemente hermosos. Ella nunca supo cuando se entregó mansamente a ese mirar. Ahora eran sólo los dos hablando sobre libros, riendo y brindando mientras las horas volaban y los sorprendía un inoportuno amanecer. Casi con dolor tenían que despedirse. Entonces él tuvo una idea salvadora: pedir a su familia, ya que estaban de paso por la ciudad, que lo trajera para reencontrarse allí mismo, por la tarde.
Andrea regresó a su apartamento para no descansar. Era tal su emoción, que sólo miraba el reloj, impaciente porque llegaran las cuatro. Vació su closet para lucir lo más femenina posibley se arregló con tal esmero que estaba lista una hora antes de la cita. Aprovechó para llamar a su mejor amiga y contarle en que andaba. La conversación terminó con un ¿Tú estás loca? Por supuesto que ese comentario  no mermó para nada su entusiasmo.
Puntuales y sonreídos aparecieron ambos en el club. Otra vez se sumergieron el uno en el otro y él le contó cómo había sido su vida antes del accidente, con sus 20 años y su 1.85 de estatura. Cuando trabajaba para ser independiente y como se truncó su futuro al salir despedido a 130 kms por hora. De su tiempo en el gimnasio (y gracias al ejercicio que aún hacia desde su silla), conservaba un buen torso, brazos y manos fuertes. Aún tenía facciones de niño y una sonrisa que la derretía.
Esa noche no habría separación. Él habló con su padre para que los llevara al apartamento de Andrea y así se hizo. Una vez solos, se quedó recostado en el sofá mientras ella se sentaba a su lado y se tomaban de las manos. Ya nadie tenía ganas de conversar. Con la respiración entrecortada, llegó un primero beso, largo y profundo…y otro…y otro… y otro. Ella recorrió, estremecida, cada centímetro de su piel. Él la acariciaba. El sol los descubrió, abrazados y felices.
Con una semana más para estar juntos (él debía regresar a la capital), Andrea estaba flotando en una nube. Ella, que jamás se interesó por manejar, decidió aprender y conseguir un carrito para llevarlo a terapia y a todos lados ¡Estás pasada de revoluciones! Le advirtió su amiga ante la avalancha de planes que esbozaba para Cuando se mude conmigo.
Aunque no se lo dijo a nadie, al ver la cara del padre, ella comprendió que sería un alivio para la familia que Andrea asumiera a ese hijo, convertido en un lastre. Por supuesto que iba a ser difícil lidiar con sus momentos de depresión, atender sola sus requerimientos físicos y mantenerse ambos con su trabajo; pero ella confiaba en que su juventud y sus sentimientos serían suficientes. A modo de consuelo se repetía: en el camino se enderezan las cargas.
La despedida fue conmovedora. Andrea lo cubrió de besos y le prometió que cumpliría con todo lo pedido: envíos semanales de los libros que a ambos les gustaban y llamadas casi diarias ¿Cómo podría olvidarlo? Ahora, sensibilizada como estaba, veía discapacitados en cada rincón…Y sentía que su amor por él se redoblaba.
Sin embargo, a sólo dos meses de su partida, ella lo notó triste y esquivo. Sin saber qué pensar, le volvió a preguntar por el último paquete que le había mandado. Pero él sólo quiso saber si había recibido una carta suya. “Aún no…” contestó Andrea.

El sobre llegó justo cuando ella iba saliendo de su edificio. Ya con el papel en sus manos, saltó sobre cada línea hasta que le estalló el nudo que tenía en la garganta. Borrosas por las lágrimas s leían frases como “en mala hora te conocí..”, “..harto de tus historias sobre inválidos ejemplares..”, “Déjame en paz con mi vida…”
Incapaz de seguir, arrugó y lanzó aquella cosa lejos de sí… Como animal herido buscó apoyo en el marco de la entrada, hasta que dejó de temblar. Subió a tropezones, con la vista nublada y torpemente logró encontrar las llaves del apartamento.

Desde entonces Andrea no abre la correspondencia a menos que se encuentre dentro de su casa.
PR


Los gusanos y la abuela



Tenía seis años cuando mi última abuela murió. Lo recuerdo vívidamente porque en mi casa las tradiciones se seguían como en el siglo XIX. De pronto oí gritos y llantos. Sin que se entendiera nada, mi madrina apagó el televisor cuando yo trataba de ver qué pasaba con el correcaminos.

Nos dieron la noticia y mi hermana comenzó a tocar su laud para consolarse… pero le fue inmediatamente arrebatado por mi madrina, quien nos prohibió la música y cualquier entretenimiento hasta nuevo aviso.
Para ser honestos, a nosotros no nos sorprendió la muerte de mi abuela, pues tenía tiempo hospitalizada. Lo que nos causo más consternación fueron los gritos de mi madrina y de mis primas mayores, que me hicieron sentir muy culpable por no estar gritando yo también. A Dios gracias mi mamá lloraba en silencio. Para entonces ya tenía yo un grave cargo de conciencia por mi insolencia con la abuela y cada vez me sentía peor.
Se decidió que, por ser la más chiquita, había que sacarme de la casa. Entonces una de mis hermanas me llevó con su familia, para que pudiera jugar con mi sobrino, que tenía casi la misma edad que yo e incluso íbamos al mismo kínder.
Sólo regresé para el día del entierro, cuando me hicieron ver el cadáver y darle un beso al vidrio (ahora evito acercarme a los muertos, aunque ella no se veía mal). El velorio fue en casa y, como quedaron tantas flores en el piso, yo quise consolar a mi mamá armando un ramo en nombre de la abuela.
Mi mamá era una mamá seria, de las d antes. Pero aún así me dolió verla tan triste y me acerqué con susto para darle las flores. Ella se conmovió ante el gesto, las tomó y me dio las gracias. Me sentí tan emocionada que me anime a decir algo sobre mi abuela en el cielo. Mi mamá me prestó tanta atención que yo seguí, muy inspirada, hablando del alma (ni sé que dije ni de donde lo saqué). Ella estaba fascinada escuchándome… y entonces me atreví a ir más allá! Influenciada por la película de las ratas gigantes y asesinas, le pregunté lo que nunca debí preguntar:
¿Tú crees que a MamacitaJulieta ya se la comieron las ratas y los gusanos?
Esa fue mi segunda expulsión del seno familiar en menos de una semana.
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    Los árboles


El primer día en el nuevo colegio se puso al descubierto lo que mi hermana-madrina llamaba “montunería”, pero que yo prefiero calificar como timidez. A los cinco años tuve que abandonar el patio que ya sentía mío, pues las monjas se mudaron al otro extremo de la ciudad, donde transcurriría la próxima década de mi existencia.
Mi terror fue infinito frente a esta muchachera multiplicada, donde pocos rostros me eran familiares. Los salones de la escuela de siempre, con media pared para dejar colgando las piernas, fueron sustituidos por estructuras cerradas y para grandes”. Me sentía perdida lejos de aquellos  árboles añosos, que me permitían columpiarme con alegría salvaje.
De pronto una mano apretó la mía, obligándome a alzar la mirada. Una sonrisa me estaba esperando: era mi maestra de preparatorio, que adivinó mi corazón acelerado por la incertidumbre. Sin soltarme, recorrimos el enorme espacio que yo estrenaba. Me llamaron la atención esos baños liliputienses, diseñados justo para alguien de mi tamaño y caminar por aquellos jardines, que se me hacían interminables.
Pero lo más extraordinario, sin duda, fueron las casas gemelas para muñecas, con sus ladrillos rojos y techos de teja. Sólo pude entrar tres veces para contemplar a esas niñotas plásticas, acostadas en una cama de verdad y con muebles como los nuestros. Bajo llave quedaba garantizada su perfección.
Con ese paseo “para mí sola” y su suave presencia, la seño se ganó un agradecimiento que aún perdura. Bastó ese recreo inolvidable para darme la mejor bienvenida de mi vida. Pero ni siquiera ese gesto pudo borrar mi miedo, casi fóbico, a una de las monjas que sin haber cruzado palabra conmigo encarnaba, a mis ojos de oprimida, lo peor de la autoridad. No recuerdo su nombre y creo que su feo rostro no era tan sobrecogedor como para asustarme tanto, pero apenas asomaba su figura, yo era capaz de esconderme bajo una de las mesas de mi clase.
Y fue precisamente durante uno de esos indeseables encuentros, cuando el pánico me obligó a eliminar mi participación, casi protagónica, en un coqueto desfile de modas. Un evento que había llenado de orgullo a mi hermana, obsesionada en contagiarme su entusiasmo por lo femenino.
¡Aún puedo recordar como palidecí  al ver esa silueta, que se me antojaba espectral! Me bajé inmediatamente de la pasarela improvisada, corrí hacia mi maestra y le rogué que me sacara del acto, pues me sentía enferma. Ese fue el fin de mi incipiente carrera en el modelaje.
Mi madre no le dio mayor importancia al asunto. No era muy dada a asistir a esos festejos. En realidad  su mundo era aquel caserón donde vivíamos. En cambio, para mi hermana fue una gran decepción. Ella era quien me arreglaba cada mañana, acomodando lazos que nunca duraban.
Nadie se explicaba mi negativa a ser modelo por un día”… a menos que se tratara de un ataque de timidez, agravado por lo nuevo del ambiente en que me desenvolvía. Yo no era capaz de confesar que sí me gustaban el desfile y la ropa linda, pero la sola aparición de aquella mujer en escena, me hacía temblar.
El caso es que me quedé sin papel que representar cuando las otras niñas ensayaban. Entonces alguien se acordó de una obra donde podría entrar. La historia era sencilla y no requería ningún aprendizaje. Todo se desarrollaba en un bosque encantado, donde la naturaleza celebraba con música y baile. Yo sería uno de los árboles.
A partir de allí todo fue un corre-corre para confeccionar el traje, en un fieltro color pupú y lastimosas hojas, desmayadas sobre mi cabeza y al borde de las mangas. Confieso que ese fue el disfraz más deprimente que recuerdo haberme puesto. Tan triste que no merecía asociarse al verdor, lleno de promesas, de un tallo. Simplemente lo detesté. Pero era tarde para arrepentirme: había renunciado a ser bella y ahora me transformaba en un mustio vegetal.
Pase de caminar en un desfile a estar “sembrada” sobre las tablas, con derecho a un único y lento giro, mientras las niñas-flores y niñas-mariposas se movían dichosas a mí alrededor, burlándose con el brillo de sus pétalos y alas. Muerta y de pie, me sentía como los árboles en la obra de Alejandro Casona.
Ese año nuestro colegio se esmeró en que el evento fuera muy especial. Se alquiló una sala de teatro para contar con un escenario auténtico. Y fuimos a ensayar varias veces. Uno de esos días ¿Cómo olvidarlo? Fui saltando entre monjas y alumnas, con un pie levantado, mostrando orgullosa mi goma derecha ¡Acababa de atar mi primera trenza “yo sola! A mis cinco años me sentía inmensa.
Finalmente llegó mayo y un sábado nublado, que nos sorprendió restregándonos los ojos adormilados dentro del autobús escolar. En uno de los cruces, entramos en un barrio que me lucía selvático. De pronto, entre tanta mata junta, vimos caminar a otro árbol. Era mi amiga de Trinidad; cuya madre había preferido un tejido elástico, bien ajustado al cuerpo y hojas naturales, recién cortadas, evitando caer en un traje-bolsa como el mío.
El recorrido terminó en un estacionamiento, al fondo del Teatro Ávila, donde el autobús nos sirvió de camerino mientras esperábamos turno. Nuestro acto era el último y no nos permitieron bajar e ir a ver el resto del espectáculo, pues estropearíamos la “sorpresa” del público. A medida  que iban pasando las horas, languidecieron conversaciones y juegos, el calor arreciaba y mi patética estampa se hizo aún más lamentable, al sentir que me derretía.
Por fin nos llamaron.  Entre nervios y risas corrimos por un largo pasillo y apenas tuvimos tiempo de ubicar nuestros lugares cuando subió el telón y comenzó a sonar la música. Entonces vi la angustia en la cara de la “directora” de la obra, mientras señalaba mis pies: en el apuro me había quedado con los zapatos puestos y ya nada podíamos hacer. Eso me hizo más ridículo aún el único giro al que tenía derecho. Todo me pareció un desastre y quería que terminara rápido, para irme con mi mamá.
Los aplausos marcaron el final de la presentación. Aún acalorada, me apresuré a reunirme con mi familia. Mi madre estaba de pie, esperando por mí, abanicándose impaciente con un papel. Extendió su mano y pellizco suavemente mi mejilla. Y fue cuando me preguntó:
¿Por qué no fuiste mariposa?
PR

Sobrevivientes
Fue en segundo grado cuando la maestra nueva se dirigió a nosotras y preguntó con curiosidad:
¿Quién de ustedes tiene una mata de mango en la mitad de la sala?
Yo levanté mi brazo con la velocidad que da el creerse dueño de algo único. Y aclaré que la planta (en aquel momento de 28 años), estaba en el pasillo central, una franja larga y ancha donde la familia se sentaba  ver televisión. Crecí viendo engordar su tronco magnífico, que nacía de un gran cuadrado en el piso de granito y subía a otro igual, interrumpiendo la monotonía de la teja. Cuando la corteza se ensanchó, la estructura sufría tratando de contener tanto ímpetu vegetal.
Mi padre lo había sembrado el mismo día que nació la mayor de sus trece hijos, entonces ese hogar, hoy centenario, se reducía a menos de la mitad de lo que llegó a ser. Puedo asegurar que entre nosotros y ese árbol se estableció un vínculo que sumó afecto y ¿por qué no? Admiración, pues para mí tenía más alma que muchos humanos. Después de todo, era un sobreviviente, al igual que yo.
Y es que si bien no viví la “niñez lacustre” de mis hermanos mayores, allá por Los Haticos, siempre agradecí la naturaleza avasallante que rodeó mis primeros años. Bajo mis pies el suelo era tan fértil que, imagino, es la razón para seguir llamando Tierra Negra a esa parte de Maracaibo donde me crié y que alguna vez sirvió como asentamiento de hatos.
Generosos se brindaban los limones, guayabas, plátanos, nísperos, uvas de playa, almendrones y –reinando sobre todos- la sombra inmensa de los mangos, que golpeaban los techos al caer, tumbando iguanas, asustando perros y haciendo correr muchachos. La principal, la más alta e imponente, era la mata de mi hermana. Cuando abrí los ojos ya estaba allí para mí… pero luego supe que estuvo a punto de no ser así.
Antes de mi nacimiento, unos inquilinos se habían encargado de destruir aquel verdor regalado por mis padres. Dejaron secar cada hoja. Sin embargo, las raíces de ese mango se sostuvieron con el agua robada a una tubería rota y sólo el estaba de pie cuando mi familia regresó.
Cuando comenzaron los trabajos de ampliación de la casa, que incluían el pasillo y nuevas habitaciones, el encargado de la obra fue sorprendido por mi padre: nadie iba a tocar  nuestro mango y la construcción sería alrededor de el.  Asombro que se repitió en los rostros de cada uno de los visitantes, cuya mirada tropezó con aquel tronco gigante en medio de la casa. Así aprendí a respetarlo, jugando con la lluvia que nos bañaba a ambos y despreciando el cemento que me quitaba la tierra.
Imposible no desesperarme, enjaulada en un apartamento y no sentir lástima al pasar por jardines “domesticados”, con sus pobres matas podadas en forma de chupeta. Ahora entiendo que antes de Greenpeace, el primer ambientalista que conocí fue mi papá.
PR




El profe y yo







Maracaibo,18 de marzo de 2011

Mi vida:

    ¿Te conté acerca de la extraña relación que tuve cuando empezaba
secundaria? Él tenía 34 años y nos daba Biología cuando yo tenía 13. Fue uno
de los primeros hombres que conocí que no fuera familia. Hasta entonces sólo
habíamos visto al jardinero...!y de lejos! A esa edad todavía me veía como
niña. Sin embargo, él tenía la mirada muy sucia cuando se fijaba en el grupo
donde yo estaba, pues ya erámos pichones de mujer. Lo increíble fue que él
pareció escogerme a mí, y fue tan obvia su preferencia para todas, que me
buscaban para interceder por las notas.

Por supuesto, yo no estaba consciente de porqué un tipo adulto, divorciado
iba a fijarse en mí...Pero si no sabía el porqué, pronto descubrí que tenía
cierto poder sobre él y comencé a disfrutarlo. Me puse muy desafiante en
clase. Normalmente yo era una alumna disciplinada, sacaba buenas notas,
pero él y yo comenzamos una especie de "torneo de miradas" y fue cuando
comprobé que me desnudaba con los ojos. Sabía que era así, porque me había
pasado antes, en otros sitios...a pesar de toda la vigilancia.
Empecé a ejercer ese poder, aunque lo que a mí me excitaba no tenía que ver
con sexo (yo apenas entendía la teoría) Supongo que no supe ponerlo en
palabras, ni se lo comenté a nadie, pero sí sabía que esto me hacía
sentir especial en un mundo de adultos. Además, en aquella época acababa de
leer un libro llamado *Lo ha dicho Harriet* que era realmente oscuro (y
había tenido problemas para publicarse por el tema). En esa historia dos
chamas de mi edad se enredaban con un cuarentón y supongo que yo me sentí
protagonista de mi propia película

Él era un hombre medio retorcido en su trato con nosotras, le gustaba jugar
al maldito "con las burguesitas del colegio". Eso hacía más placentero para
mí el forcejeo entre ambos. A esta altura yo iba a su escritorio con el
desparpajo de una dueña: sí a él le bastaba mirarme, entonces yo lo iba a
permitir a cambio de pedir favores. Me convertí en una pequeña
"sindicalista" para defender a mis compañeritas. Lo enfrentaba en
discusiones donde él terminaba cediendo a algunos de mis requerimientos.

Aunque siempre hablamos de *usted*, cuando yo "le ganaba" ponía la mejor de
mis sonrisas y me balanceaba zalamera con aquello de "profe,profe..." Intuía
que lo divinamente perverso era mantener ese status de hombre grande frente
a mí.Un juego de dominio y sumisión, intercalando roles. Sin embargo, cada
vez que me *buceaba* era más evidente (sobre todo al llegar a las piernas)
que la situación se estaba saliendo de control. Era tan descarado que ya me
sentía manoseada con su mirada.Confieso que nuestros uniformes comenzaban a
quedarnos pequeños y las monjas ni se acordaban de exigír la medida del
ruedo (a la rodilla)...así que cualquiera veía nuestros muslos sin
esfuerzo.

Esta "relación" llegó al colmo cuando, en el Laboratorio, me salí de clase
sólo para caminar alrededor del salón, entre carteleras gigantes, pero se me
podía ver a traves de grandes ventanales. Esas eran *libertades* que yo me
tomaba sólo con él. De pronto el profe dejó su escritorio y se acercó a mí
para caminar juntos. Supongo que la excusa sería fumar, pero me seguía como
un perrito y la situación era muy extraña para el resto. Ni recuerdo que
hablamos, pero sentir que casi me respiraba encima me asustó. Pensé que me
iba a tocar y que todos nos iban a ver...y yo no sabía como iba a
reaccionar, porque a mí el tipo ya me estaba gustando. Aquí debo decir que
siempre me atrajeron los hombres mayores, desde mi tío A. (el esposo de mi
tía) Claro yo lo veía como el referente masculino que hubiera querido tener:
buen mozo, relajado y que supiera vivir y disfrutar.

Menos mal que él se contuvo y sólo me clavaba los ojos mientras hablaba. Así
entre provocaciones y miradas, seguimos todo el año. Pero la tensión aumentó
con la llegada de los finales. La reciente adicción a los juegos de cartas,
que aprendí con mis hermanas, me llevó a descuidar mis estudios. Yo estaba
muy confiada en que podría levantar puntos con "un repasito",..pero la
matemática, como siempre, me estaba comiendo viva y yo, apenas hacía un
ejercicio, corría por mis barajas. Sólo le había dado un vistazo a Biología,
creyendo que bastaba con entender procesos y conceptos. Entonces el profe
nos tiró el examen a matar, porque se basó en el caletre puro y duro: exigía
nombres precisos de ciertas etapas y sólo con una memoria extraordinaria se
podía contestar. Por supuesto que tuve un ataque de pánico al ver la prueba: no eran
preguntas de desarrollo, sino para completar las líneas exactas del libro.Y
yo no era caletrera..!Estaba perdida! Se vació el salón y quedé petrificada,
con la mitad del examen en blanco. Solos él y yo...Pero apenas se acercó a
pedirme la entrega, me levanté histérica, lo llamé traidor, le grité que las
preguntas eran una trampa, que por su culpa me iban a matar. Imagina la
escena y te quedas corto. Él estaba impasible...!hasta que yo rompí a
llorar! Practicamente me desmoroné frente al profe. Fue entonces cuando se
atrevió a tocarme por primera vez. Sólo me abrazó, acarició mi mejilla...Me
dió un beso veloz, quitándome el examen !Y desapareció!
 Yo estaba tan perpleja que sólo lo vi irse.

Creo que fue al otro día cuando, aterrorizada, fui a la cartelera a ver la
publicación de las notas. Me sentía como si me hubiera caído un rayo.Y
entre la muchachera le pedí a alguien que mirara por mí. Entonces oí:
"sacaste 15".

No volví a saber del profe. No regresó al año siguiente...

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   El regalo


 
Mi padre era un hombre estricto, honesto y de grandes convicciones. Creía firmemente en mantener limpio el apellido familiar, en no "picar" entre comidas y en que el dramamine servía para curarlo todo. También pensaba que los dulces en almibar eran el mejor regalo y por eso los compraba al mayor y los repartía a diestra y siniestra... pero no sin antes envolverlos en un papel amarillento y triste, contenido en un rollo de talla industrial que guardaba en una esquina de su oficina decimonónica.
Allí también almacenaba juegos de mesa de a seis por locha. A mis ojos kindergarterianos todo lucía extremadamente viejo...empezando por mi propio papá, que podría haber sido mi abuelo. Especial horror me causaban aquellas cajas de Ludo y Damas, absolutamente feas y desechables, que nada tenían en común con el material de primera, los colores vibrantes y las fichas de plástico del Monopolio que había visto en la tienda. Pero él, que era un hombre inamovible en su parecer, estaba convencido de que sus dulces y esos cartones envejecidos provocaban el deleite de adultos y muchachos por igual.
Cada domingo, después de misa, mi mamá y yo lo acompáñabamos a visitar a sus amigos, en su mayoría enfermos y en silla de ruedas. Muchas veces prefería quedarme en el carro antes que ver gente padeciendo males que no entendía, pero que me impresionaban y no me dejaban dormir. En esas ocasiones eran inevitables los regalos de mi padre, entregados por él con auténtico placer y estrechando las manos vigorosamente. Si yo no había tenido la suerte de escapar ese día, mi mente tardaría menos de cinco minutos en volar lejos y en perderse hasta que nos llamaran para irnos.
Finalmente llegó la Navidad y la seño nos anunció la inauguración de la iglesia de nuestro colegio. Como parte de la celebración, las alumnas íbamos a desfilar llevando los obsequios para los niños pobres, que serían depositados al pie del altar. Estábamos muy emocionadas, pues éramos las más jóvenes y seríamos las primeras en hacer el recorrido. En el colmo de la felicidad  le conté a mi madre y ella a mi papá. Luego me fui a jugar con mis dinosaurios y me desentendí del asunto.
Nunca olvidaré la mañana en que mi mamá me entregó el regalo !Apenas  vi ese papel desteñido y luctuoso sentí que mi mundo se hacía pedazos! No tenía que preguntar por el contenido, con sólo sacudir un poco se adivinaba que todo era cartón, cartón y cartón. Ni lazo ni tarjeta tenía. Enmudecí de la vergüenza que me embargó al imaginarme llevando esa caja patética por el medio de la iglesia. Sin abrir la boca cargué con esa pesadilla como un nazareno arrastra su cruz.
Cuando llegué al kinder todas las niñitas se habían adornado al máximo y sus paquetes competían en colores y guirindajos. Yo traté de pasar desapercibida y escondí lo más posible aquella cosa que daba pena. No era difícil hacerla desaparecer entre tanto brillo y celofán. En medio de los juguetes a regalar, logré ver* bebés queridos* y peluches casi de mi tamaño. Cada quien se vanagloriaba de lo que había traído...excepto yo, que no decía una palabra.
Fue entonces cuando la seño nos organizó en fila india y distribuyó los regalos según los nombres escritos en ellos... Mi sorpresa fue mayúscula cuando me dieron uno de los preciosos muñecos guardados en celofán y cintas rojas !No lo podía creer! Entre tanto tumulto, alguien se había equivocado a mi favor ¿Debía corregir el error y recoger mi pobre caja? ¿No era mejor callarme y caminar orgullosa por la iglesia? A lo mejor la dueña del juguete no había venido y yo sólo lo iba a dejar en una pila, frente al altar. Tan absorta estaba en mis pensamientos que la maestra tuvo que gritar mi apellido dos veces, antes de darme cuenta de que me llamaba:

Muchachita, ven acá ¡Dame eso que tu regalo es éste!

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La seducción







“La mejor forma de librarse de la tentación es caer en ella”  

                                                                                                 
(Oscar Wilde)

Llegó de su trabajo a la hora de siempre. Entró y cruzó su apartamento, dirigiéndose al pasillo que lo llevaría al cuarto principal. Al fondo se oían los ruidos típicos en la cocina. Se iba sacando la corbata cuando abrió la puerta y ¡Oh, sorpresa! En su cama estaba la joven vecina, la misma que lo ponía en estado alfa (decía él), desde que se mudó al lado.
La primera vez que la detalló, según contó a sus amigos, sintió fiebre al ver sus piernas…!Inolvidables con aquellas minifaldas! Después supo que era estudiante, estaba embarazada y vivía en pareja. Todo esto se lo dijo otro tipo del edificio, que también la estaba buceando. La muchacha socializaba con las esposas de ambos, aunque con ellos no había hablado aún. Ninguno de los dos se atrevía a dar el primer paso, tan casados como estaban.
Pensando en todo esto apenas podía creer que esta carajita, con un bebé dormido a su lado, estaba sentada en su cama y mirando una novela. Saludó con toda seriedad y se fue a la cocina a pedir una explicación. El novio estaba trabajando de noche y ella no quería quedarse tantas noches sola cuando podía conversar con sus vecinos…Claro, si a ustedes no les molesta
Y con esa naturalidad que da el roce cotidiano, el dueño de casa y la visitante descubrieron que compartían un agudo sentido del humor y se vacilaban el uno al otro entre guiños pícaros, que se empeñaban en calificar como “amistosos”. Quizá ella menos consciente que él de cómo ambos se cocinaban a fuego lento, y que muy pronto su relación se iba a volver física. Con la excusa del calor, él se abría la camisa y ella desviaba la mirada porque dolía lo mucho que le gustaba verlo así. Pero en una ocasión, por ese pasillo angosto, él la atrapó por la cintura y respiró sobre su nuca. Ninguno pudo ocultar la excitación que casi los llevó a besarse…y a casi ser sorprendidos.
Ya para entonces veían televisión juntos, cada uno en su extremo de la cama, pero nada indiferentes al hecho de estar tan próximos y desearse, aún cuando era él quien tomaba la iniciativa al proponer viajes imposibles y susurrarle caricias por dar y recibir. Ella sonreía en silencio, dejándose querer. Sentía como la arropaban sus ojos y eso parecía bastarle…por ahora.
Finalmente, una noche de esas, mientras su cónyuge se estaba bañando y los niños jugaban en la sala, él rompió la franja imaginaria sobre las sábanas y la asombró con un beso hambriento, que fue devuelto con igual pasión. Así, mirando para los lados, sin dejar de besarse como desesperados, ella repetía:
-Pero mira que yo amo a mi novio…
-Y yo adoro a mi mujer ¡No te preocupes, princesa…Aquí nos queremos todos!
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La rebelión del angelito



Entre mis cuatro y seis años recuerdo haber sido vaquera, gitana, árbol...y ANGELITO! (así, con MAYÚSCULAS y signo de admiración). Y es que ese no era un disfraz, sino un traje-traje, confeccionado en serio, importado de España, creo. Elaborado con gasa celeste, cintas y suaves bordes dorados, debo reconocer que era una obra de arte. Y lo más increible eran sus hermosas alas, llenas de pequeñísimas plumas y de cuando en cuando una lentejuela de plata.
La primera vez que me vistieron recuerdo haberme resistido bastante porque quería seguir como vaquera...además el uniforme celestial me quedaba algo grande y parecía aparatoso para lo que  estaba acostumbrada a usar en medio del calorón de Maracaibo...De paso me prohibieron jugar mientras lo llevara puesto. Como siempre, mis protestas se perdieron en la nada y ganaron mi mamá y las monjas. Pero lo peor no fue aceptar el fulano vestido, sino comprender de golpe el sacrificio que implicaba trascender de simple mortal a criatura alada... !Y a mí me tocó sufrir esa metamorfosis!
Estábamos en pleno homenaje a la Virgen María (representada por una impresionante figura que me superaba en tamaño), y a las Hnas de la Caridad "se les ocurrió" montar a la Madre de Cristo sobre un andamio de sillitas de madera, las mismas donde nos sentábamos las niñitas...Sillitas casi de juguete, casi artesanales..casi..casi...
Todos los arreglos se hicieron en el salón de clases contiguo al mío. O sea que sólo me enterè del asunto cuando un manto inmenso cubría "el altar" que, elevado hasta el techo, obligaba a mirar al infinito...eso si tú tienes sólo cuatro años. La Virgen en el centro y muy bella, rodeada de flores. Sencillamente impresionante. Confieso que se me hizo un nudo en la garganta y, con disimulo, levanté la punta de aquel telón para descubrir-asombrada- la escalera de frágiles sillitas montadas una sobre otra. Imagino entonces la cara que puse cuando las monjitas me anunciaron que yo iba a estar "allá en la puntica, al ladito de la Madre de Dios".
En verdad no recuerdo haber dicho nada porque sabía que mi suerte estaba echada.Congelada de terror y moralmente comprometida a honrar la confianza depositada en mí por los mayores, sólo el pensar en renunciar a mis personaje divino, provocaba un torbellino de sentimientos encontrados. Después de todo crecí en medio de historias de los niños odiosos "a los que se tragaba la tierra" y oyendo en el cole que los truenos eran la expresión de ira del Padre, justo cuando las bichitas como yo "decían malas palabras"...aunque uno no tuviera claro que era eso. Además, mi vanidad también estaba en juego: muchas me envidiaban el protagonismo en la fiesta. Me consolé pensando que el Cielo me protegería.
Una vez en lo alto entendí que las circunstancias me sobrepasaban y aún puedo ver las caritas conocidas, con los ojos clavados en mí, más pálida y temblorosa que nunca. Y parece que vuelvo a oír la voz de la Hermana ordenando: "Niñitas, miren a la Santísima Virgen, no al ángelito!"
Vía crucis 2 y 3
Como mi relación con las religiosas no se limitaba al kinder donde estudiaba, mi tía paterna (que pertenecía a otra congregación), se entusiasmó con mi presencia en el acto de Adoración y me pidió "prestada" para una procesión que se estaba organizando en otro instituto. Y como en buen maracucho yo era la "zurrapa" de la familia (es decir, la menor),se consideraba un gran honor para mí el ser tomada en cuenta.
Otra vez ángelito y otra vez acalorada...pero sin despegarme del suelo, lista para encabezar una columna de gente rezando y cantando por las calles y algunos barrios de la ciudad. Ahora el precio a pagar era sostener un enorme porta-algo, supongo de plata, que pesaba más que matrimonio malo. A tropezones fuí con el grupo sin deslucir tanto hasta llegar al verdadero martirio: los polvorientos callejones de los eufemísticamente llamados "sectores populares", donde la tierra y las piedritas se metían en mis sandalias doradas, demasiado abiertas y delgadas para caminar en sitios tan pedregosos. Sólo podía sufrir mirando mis pobres pies y pensando que realmente los caminos del Señor son misteriosos...y demasiado largos para mí.
Esta escena se volvió a repetir el año siguiente para mí propio colegio. Y otro más, precisamente cuando me estrenaba en primer grado y ya me sentía toda una veterana .Fue entonces cuando, por exceso de confianza, caí en pecado. Justo al terminar mi última procesión y con mucha sed, le pedí a unas amiguitas que me fueran a comprar uva y yo "les prestaba mis alas". Corrieron y me trajeron el pedido y comenzaron a retozar con mis plumas hasta estropearlas. Pese que se subsanó el daño en cuestión, el horror de los adultos fue tal que se me consideró indigna de vestir nuevamente mis galas celestiales.
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El hombre de transición



Cinco años juntos parecía tiempo más que suficiente para que Victor  decidiera cuál de sus mujeres era la definitiva. Al menos así pensaba Clara, su amante veinteañera. Harta de que usara a sus niños como excusa, ella se burlaba recomendando que el médico les revisara la pituitaria.
Era en esos momentos cuando una pared se levantaba entre ambos y él le recordaba: Yo soy el hombre de transición. No puedo comprometerme a nada. Estoy sólo de paso por tu vida.
Entonces ella se mordía los labios, tragándose la rabia, la impotencia y los ojos se le humedecían. Sentía muy injusto haber enfrentado a todos por seguir a su lado y tener que pasar las noches sola. De señora de alguien a simple querida…¿Cuánto tiempo duraría la fulana transición?
Él era un cuarentón encantador y ella lo adoraba, pero ¿valía la pena hipotecarse por un hombre prestado? ¿Cómo y cuando iba a encontrar a ese otro si sus días eran para Victor? ¿Y los hijos? Ella los quería y él no. Un vistazo en el espejo le recordó que no iba a ser joven para siempre.
En el lado norte de la ciudad, casi listo para dormir, él pensaba en su carajita y cuánto le gustaba ir a la cama con ella. Le causaba risa como irrumpió en su rutina de experto, rompiendo todos los esquemas que él con tanto cuidado armó para echar sus canitas al aire. En horas se volverían a ver y seguro que a ella le habría pasado el mal humor. Ya se acostumbrará, pensó muy confiado. Su certeza se fundamentaba en su propia esposa, mujer resignada, decidida a ignorar que su marido salía muy temprano para estar con otra.
Pero nada se calmó. Los gritos y portazos se hicieron más frecuentes, llegando a rompimientos que duraban tres días. Si bien las reconciliaciones eran explosivas, la tensión entre ambos crecía.
Y sucedió. Una de esas noches ya Clara no durmió sola. Para Víctor fue evidente que algo había cambiado y la muñequita no se entregaba como antes. En pleno desayuno se lo preguntó y ella confirmó sus peores sospechas. Espantosamente pálido, él dejó la mesa y corrió al cuarto.
Cuando ella le siguió, lo encontró frenético: arrancaba las sábanas de la cama. Entonces paró en seco…y con voz serena le dijo: trae otras que estén limpias, éstas hay que cambiarlas.
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  El beso de la abuela


Mamalisa se la llevaron al hospital un viernes… y el lunes siguiente nos avisaron que estaba muerta. Ella era la única abuela que había conocido en mis seis años de correrías salvajes, siguiendo a mis hermanos y sus amigos.
Mamalisa era setentona, fumaba y jugaba caballos.  Sin duda tenía mucho carácter… al igual que yo, la última de sus nietos. Siendo tan parecidas, era imposible evitar nuestras peleas. Cuando yo era más pequeña, se molestaba por mi eterno andar en pantaletas frente a los varones. Y enloquecía se mostraba “algo más” por culpa de mis posturas insólitas.
¡Niña! ¿No le dije que cuando se siente en la mecedora tiene que bajar las piernas y cerrarlas?
También me regañaba al verme trepar al techo de tejas, siempre con los muchachos, para terminar comiendo mangos de la propia mata. Sin embargo, se enfurecía si alguien abusaba de mí por ser la menor, tal como ocurrió cuando los vecinitos se reunieron para formar el equipo de fútbol, y me pidieron ser la mascota. Antes de que yo pudiera responder, mis dos hermanos –muy sonrientes- impusieron una condición:
Pasas la prueba si dejas que te peguemos con el balón y no lloras ni le cuentas a nadie...
Como me negué, fui expulsada antes de fundar el equipo y mi abuela se enteró. Conversó con los involucrados y me nombraron madrina. Aún guardo la foto.
Finalmente los años pasaron factura y ya Mamalisa no tenía la energía de antes. Por fuera parecía la misma, pero ya no lo era. En cambio yo, que iba a primer grado, estaba más independiente y altanera que nunca. Algo le hice que no logro recordar, pero sé que ella se puso bravísima conmigo y me busco para castigarme. Fue allí cuando solté aquello, como un veloz escupitajo:
¡Vieja Podrida!
Y corrí con todas mis fuerzas para salvarme de una correa feroz… Pero nada pasó. Ella no hizo ningún intento por perseguirme ni le mencionó el asunto a mis padres. Simplemente no hablamos más y ese insulto mío nos separó como un muro. Una semana después enfermó y sólo pude visitarla una vez. Como estaba inconsciente, nada pude decirle.
El lunes de su muerte mi vida cambió. Yo sabía que Dios estaba al tanto de mi insolencia, ahora irreparable ¿Cómo iba a pedir a mi abuela, si era por mí que se había ido? Tampoco podía confesarme con nadie, pues me abrumaba la vergüenza y era incapaz de repetir esas palabras horrendas, que jamás debí pronunciar.
Las historias de los hijos desobedientes, a los que se tragaba la tierra, se sumaron a los diablos  que, según las monjas, nos iban a agarrar por el pelo para arrastrarnos al infierno. Aterrada, cada noche me hacia una trencita y cerraba la ventana, encomendándome a todos los santos, porsia.
Fue así como empezaron las peores pesadillas que he sufrido desde que nací. Una en particular se repetía y me despertaba con el corazón espantado, en medio de la oscuridad. Las imágenes eran las mismas: mi familia se reunía para tomar una fotografía en grupo. Mamalisa estaba allí, junto a mí, pero ella ni siquiera me miraba y tenía una expresión muy triste. Entonces su cabeza comenzaba a crecer y a crecer, como un globo… y justo cuando parecía que iba a reventar, ¡ZAS!...Yo estaba sentada en la cama, temblando como una hoja.
Comencé a tener ojeras y a estar muy callada, algo inusual en mí. Mi madre se quejó, pues estaba perdiendo peso. Había pasado un mes desde el entierro, y el sólo pensar que mi abuela me atormentaba, era insoportable. Odiaba la hora de acostarme porque ya no tenía paz. Consumiéndome pasé varios días… hasta que una noche sucedió algo curioso. Sentí la necesidad de entrar en su cuarto, que se conservaba tal cual ella lo dejó.
No encendí la luz y por la ventana apenas iluminaba el farol de la calle. Me recosté en la cama y fue allí cuando una repentina brisa levantó las cortinas, que me arroparon suavemente. Entonces sentí su presencia, tan cariñosa como en nuestros mejores tiempos. Pese a que mantenía los ojos cerrados, me parecía verla a mi lado. Un beso de despedida humedeció mi mejilla, que acaricié para convencerme de que no era un sueño.
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La decisión



A mis ocho años  pocas cosas me producían más orgullo que mis tres “pollitos de verbena”. Siete meses habían transcurrido desde que los compré en la gran fiesta escolar y creo que, entre todas mis compañeritas, sólo yo había cuidado de los míos hasta verlos crecer en una adolescencia rozagante y altanera.
No recuerdo haberles puesto nombre, pero ellos se comportaban como si tuvieran título nobiliario, siempre protegidos en el patio interior de la casa, adónde no tenían acceso los perros grandes que los hubiesen podido atacar. Y siempre consentidos por mí, que cazaba cucarachas para hacerlos felices… por lo menos eso creía.
Así los tres corrían, arañaban la tierra y se aquietaban en algún rincón, para cerrar los ojos en medio de aquel verdor interminable. Justo al atardecer, yo aparecía para llamarlos a dormir. Simplemente abría mis brazos como un Cristo y me ponía a su alcance. Dos de ellos se posaban en cada extremo y el tercero se subía a mi cabeza.
Convertida en gallinero viviente, caminaba hasta la jaula más grande que tenía (la que había sido de los pericos). Allí los guardé hasta que, por su tamaño, no entraron más. Entonces decidí mudarlos al lavadero, donde descansarían tranquilos lo que le restaba de vida.
Pero, como cualquier púber, mis pollos eran arrogantes e impertinentes. Gobernados por sus hormonas, comenzaban a picotear y perseguir a todo aquel que osara entrar a “su patio”. Fue en ese momento que mi mamá me llamó:
Debes decidir cuál se va a quedar. Están grandes y pronto dejarán de ser tiernos. Cuando llegan a gallos, la carne se les pone dura.
Y como yo nada decía, ella me repitió para que entendiera:
Puedes quedarte con uno…
Pero yo seguía muda, tratando de registrar tanta realidad que se me venía encima, de sopetón.
Muchos años después, al contar yo este pasaje, alguien definió aquel instante como mi particular “Decisión de Sophie”. Salvando las diferencias con la película, mi familia emplumada iba a desaparecer.
Sin duda, en la escala de mis ocho años y mi instinto maternal, estaba enfrentando mi propio holocausto. La lógica de mi mamá era irrebatible. Curada de espanto ante mi activismo en pro de los animales, me había concedido algunos favores. Dejó de usar ratoneras para no verme exaltada cuando alguna criatura no moría de inmediato. Cerró los ojos frente a mis “sigilosos” actos de sabotaje, que permitían a los perros escapar de su encierro apenas comenzaba una tormenta. Ya había echado a mis palomas adoptadas y se me había prohibido traer conejos, gatos y cachorros huérfanos de la calle. Ahora no iba a tolerar a esos bichos antipáticos, que se habían convertido en un estorbo.
Finalmente no conseguí que alguien se pusiera de mi parte para defender al trío. Pasaron algunos días, pero mi madre no olvido su odiosa pregunta. Me volvieron a llamar. Yo clavé la mirada en el piso y con voz apesadumbrada dije:
Escojo al que pica menos…
Fue entonces cuando levanté la vista y pude apreciar el alivio en su rostro. Por fin había evitado otra batalla con la menor de sus hijas. Tenía mi decisión como la había pedido. Estaba segura de que yo entendería que era lo mejor para nosotros.
A partir de allí todo sucedió muy rápido. Una vez identificado el sobreviviente, la cocinera hizo su trabajo y, en almuerzos sucesivos, sus hermanos abandonaron este mundo. Obviamente yo no bajé a comer en ninguna de esas ocasiones. La culpa no me dejó y ya nada fue igual para el pollo solitario en el patio. Poco después se lo llevaron a la granja de un pariente y nunca más supe de él. Fue cuando juré que esas serían mis últimas mascotas “comestibles”
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Las dos esposas



 


Se habían encontrado pocas veces, no eran amigas pero se caían bien. La mayor se veía algo ajada, pues era extremadamente blanca y de ojos pálidos. Muy cerca de los cuarenta, aparentaba más edad y no hacía nada por lucir mejor. Después de todo, su mayor orgullo no era ella misma, sino la familia que había levantado.
La otra era recién casada. Se estrenaba en sus veinte y en la maternidad. Aún estaba en la Universidad y su inquietud era seguir viviendo más allá del horizonte conyugal. Tenía dudas y su juventud la hacía imprudente dentro del círculo de esposas veteranas, que la miraban con cierta curiosidad, pues no parecía encajar en ningún lado.
Sentadas y tomando café, la muchacha quiso saber como la otra había conocido a su marido y si el flechazo había sido fulminante. Retrocediendo 17 años, la mayor evocó a ese estudiante buen mozo que la invitaba a salir y con quien se mudó poco tiempo después. Ella era del interior y había obtenido una beca para formarse en la capital, donde también encontró empleo. Estaba avanzando en su carrera cuando se enamoró… y embarazó. Fue entonces cuando decidió, por el bien de su hogar, parar el semestre y seguir trabajando mientras él –que también era empleado-, terminaba de graduarse y ambos echaban pálante. Nunca retomó sus estudios.
Así se fue como se quedó en casa. Atendía a su bebé mientras él alternaba sus clases con las “escapaditas” y los amigos. Pero ella nada le recriminó, demasiado embebida en su rol maternal. Casi riendo lo comentaba: Sí, yo lavando y él en la calle…
La universitaria había enmudecido imaginando la escena. Como sentía que estaban en confianza, se atrevió a preguntarle si alguna vez había descubierto “algo” con otra mujer…
¡Claro! Si era pura guachafita, esperaba que se le pasara. Y si se ponía serio, agarraba a mis tres muchachitos y me iba a casa de mi mamá, para dejarlo solo y que nos extrañara. Así dejaba la cosa.
Todo dicho con naturalidad y una sonrisa benevolente. La que no “encajaba” se lanzó con toda la franqueza de su desconcierto:
¿Y tú crees que así vale la pena seguir?
La mayor la miro sorprendida y luego, casi con rabia, remató:
¡Eso es algo que no me pienso cuestionar!
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La mata de almendrón 




En su lucha titánica por hacer de mi una niña civilizada, que estuviera bañada y vestida “a las cuatro de la tarde”, mi hermana contó con un aliado inesperado… y de aspecto francamente repugnante.
Eran los tiempos en que aún no iba al kínder y correteaba por todos los patios y rincones de la casa, ajena a los horarios que no fueran los que me dictaba mi joven humanidad. Entonces no necesariamente comía en familia sino que, apenas sentía hambre, me bastaba con irrumpir en la vieja cocina, siempre acompañada por algunos de mis perros, y tocar suavemente el brazo de quien estuviera frente al fogón.
En ocasiones, muy añoradas, me guiaba el olor incomparable y dulzón de la leche del coco, esencial para preparar el majarete, que a mí sólo me gustaba probar bien caliente, justo cuando lo agitaba la paleta de madera.
Fiel a mi actuar como librepensadora, andaba descalza mientras la temperatura del cemento fuera tolerable bajo mis pies. En caso contrario, buscaba refugio bajo la sombra gigantesca de árboles como nuestro almendrón, cuyas raíces torcidas habían levantado el enlosado que servía de entrada al garaje.
Imposible olvidar el mediodía hirviente en que perdí la inocencia de vivir sin zapatos. No sé a qué estaba jugando, pero daba vueltas a una silla en nuestro porche cuando me sorprendió mi propio alarido y un rayo intenso de dolor me recorrió la pierna izquierda. Como si me clavaran agujas encendidas, caí al suelo y, sin dejar de llorar, mire con asombro la planta de mi pie: una inmensa y palpitante quemadura se extendía casi de punta a punta. El culpable de la tortura yacía, aplastado sobre el piso de granito. Era un gran gusano peludo.
Ya para ese momento todo el que tenía oídos había corrido a auxiliarme. Mi mamá, las señoras de servicio y mis hermanos, grandes y pequeños. Entre ellos estaba mi propio pediatra, quien me cargó y trató de calmar mientras daba instrucciones para que alguien fuera a la farmacia. Sólo recuerdo una medicina mezclada con Frescolita y que la cortina de lágrimas dio paso al más profundo sueño. Al día siguiente el dolor se había ido y yo veía con curiosidad una costra seca.
Pero la sanación del pie no fue acompañada por la del alma. A partir de entonces un auténtico pavor se apoderó de mí ante la sola vista de aquella mata de almendrón, que se me antojó tenebrosa. Ya no me resultaba divertido agarrar un palito para remover hojas y bichos dentro  de un charco en el patio. Y mis hermanitos armaron un inmenso gusano de papel, para espantarme apenas me quedara dormida. Una travesura que pagaron cara, al enterarse los mayores.
Pero como no hay mal que por bien no venga, mi familia logró convencerme de que a las niñas decentes no les pasan esas cosas. Acepté con mansedumbre franelitas, chores, medias y los Pepito de patente. A pesar de mi temor, pude volver al porche, mientras recibíamos una visita y por un rato olvidé a esa asquerosa masa blanca, con pelos largos y negros. Entre risas y juegos, me sentía protegida con mis lindos zapatos… Pero entonces, sucedió: era temporada de gusanos ¡Y ellos se dejaban caer desde lo alto del almendrón!
Sólo recuerdo que estaba sentada y esa cosa velluda comenzó a arrastrase sobre mi muslo, volviendo a quemar mi piel al contacto. Sólo recuerdo que mis gritos y la desesperación por arrancarme la ropa provocaron el pánico general, y que todos corrían a mi alrededor, intentando sacarme lo que tuviera encima. Cuando desperté, tenía marcas rojas, como latigazos, en casi todo mi cuerpo…Y unos ojos llorosos y envejecidos por la desconfianza. Mi madre se acercó: Ya fumigamos la mata. No volverá a ocurrir.
Durante los años siguientes sólo entraba a mi casa dando un gran rodeo, por el callejón de las trinitarias. Y si me veía obligada, el corazón se me salía del pecho al pasar bajo el almendrón, incluso en mi adolescencia. Fue la única vez en mi vida que odié a un árbol con todas mis fuerzas. Quería desaparecerlo, pero mamá sólo repetía: Ya fumigamos
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El hombre-sombra

M. apenas podía recordar las últimas 24 horas. Simplemente se organizó para firmar el divorcio y salir ese mismo día de viaje, sobre todo en vísperas de un cumpleaños que no tenía la intención de festejar. Eso abortaría cualquier reunión “sorpresa” que algún alma caritativa estuviese planificando.
Decidida a cambiar el trópico calcinante por lo opuesto; aceptó la invitación de su amiga Laura, que vivía en el exterior. Ella y su marido la fueron a buscar al aeropuerto e insistieron; por centésima vez, en que se olvidara del hotel y se quedara con ellos en su enorme apartamento. Pero lo último que necesitas, cuando te sientes miserable, es presenciar  la empalagosa felicidad de otros, pensó M. y excusándose como pudo, optó por un hospedaje en el centro de la ciudad, seguro y confortable, pero sin lujos. El edificio era tan gris como el ánimo de la recién separada.
¿Acaso fue un error esperar tanto para salir embarazada? Sólo cuando las cosas estuvieron realmente mal, recibió dos noticias: se había ganado una freidora eléctrica en una rifa… y había salido positiva en la prueba de sangre. Sin saber ni que pensar, M. corrió a comprar una tarjeta que decía:  !Papá, Cuando crezca quiero ser como tú! Apurada, metió dentro del sobre aquel chocolate que él adoraba. Decidió esperarlo en la puerta de su trabajo e invitarlo a almorzar para darle la noticia. No tenía idea de cuál iba a ser su reacción. Nada la preparó para la mirada sombría que él le dirigió, congelándole las venas.
Como en una novela de mala muerte, las cosas sucedieron atropelladas y sin lógica. Ella quedó en el sitio, petrificada y sola. Dos días después de ese encuentro, llegaron las primeras manchas, las llamadas histéricas al ginecólogo y un pastillero loco para intentar detener lo indetenible. La agonía fue intensa pero breve. Y  M. supo que cumpliría 33 años en la más absoluta desolación. Entonces pensó en viajar, justificándose con esta visita a Laura.
Es así como terminó de pie, frente a una ventana ajena y con el horizonte empañado. El cielo plomizo, sumado al cansancio, fueron los mejores argumentos para evadir cualquier salida la primera noche. Pidió a Recepción que no le pasaran llamadas. Apagó las luces y se acostó, tratando de olvidar la fecha.
Pero tenía los ojos bien abiertos cuando el ruido se hizo insoportable y la sacó de sus reflexiones. Sin duda la calefacción tenía problemas… y ella se iba a congelar si el aparato llegaba a pararse. Se comunicó nuevamente con la recepcionista y solicitó que alguien viniera a revisar.
Sin encender la lámpara (para que no vieran su palidez) abrió la puerta apenas tocaron. Recortada en el umbral la silueta de un muchacho, identificándose. Lo hizo pasar y le explicó el problema. A los cinco minutos él volvía con la más humillante de las conclusiones: la calefacción está bien. El ruido que usted oye es porque está lloviendo muy fuerte...
¡Dios, por más abatido que uno esté, nadie puede ser tan idiota! ¿Cómo el agua puede sonar así contra el metal? Repentinamente la vergüenza le pesaba más que la tristeza ¿Usted está seguro? Entonces sintió que se le quebraba la voz.
Señora… ¿usted se siente bien? Pero ella ni siquiera le oyó. Sólo se aferró a su mano y, sin más, se abrazaron. Y mientras él acariciaba su rostro, ella dejaba correr todas las lágrimas del antes y el después. La ayudó a sentarse en el borde de la cama y se quedó a su lado para mecerla suavemente, como si estuviera arrullando a un bebé. Así, en silencio, se quedaron por un rato, hasta que llamaron de Recepción. Como despedida, él le dio un beso en la frente.
Pronto se quedó dormida, pero el teléfono la despertó: Laura estaba esperándola para desayunar. Al bajar al Lobby, pasó de largo y aceleró la marcha. Fue en ese instante cuando una voz la golpeó”, al saludarla con inusual familiaridad: era el hombre-sombra de unas horas atrás. Ella clavó la mirada en los dibujitos de la alfombra y nada dijo. Sólo levantó la vista frente a su amiga y le comentó:
Chama, o me cambió de hotel o me voy para tu casa ¡Anoche no pude pegar un ojo!
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La navaja
Diana, distraída como siempre, pasó sin ver la Galería de Arte donde tenía que cubrir el evento. Justo cuando se devolvía al lugar, se le acercó un muchacho de unos veinte años. Su tono de súplica la hizo detenerse para escuchar un pequeño drama: él quería avisar a su novia, quien vivía en un edificio vecino, que la esperaba en la calle…pero no podía hacerlo directamente, pues los padres de ella lo detestaban ¿Quizá usted me haría el favor?
Para una romántica incurable como Diana, la idea de ayudar a dos amantes era irresistible. Miro su reloj y confirmó que aún tenía tiempo de sobra para hacer de buena samaritana. El edificio en cuestión sólo estaba a tres pasos. Ambos enfilaron hacia la puerta de vidrio, que se encontraba entreabierta. Diana iba memorizando el nombre y las palabras claves que debía decir a la muchacha y se dirigió hacia el intercomunicador. Fue en ese instante cuando su cuerpo chocó contra la pared y el golpe la dejó aturdida. Aún sin entender nada, sólo pudo girar la cabeza antes de que una mano la inmovilizara, apretando con fuerza su cuello, mientras algo afilado jugaba entre sus costillas. Una mirada salvaje era todo lo que quedaba de aquel jovencito suplicante.
Arrastrada al rincón más oscuro de la escalera, Diana comprendió que no había a quien pedir auxilio: el área estaba en remodelación y el paso clausurado. Seguramente su atacante era un obrero y tenía acceso porque estaba trabajando allí. El tipo era fornido y ella más bien menuda. Sin duda, en cuánto a fuerza física, él llevaba las de ganar. Sin perder un minuto, y como un poseído, la manoseaba aprovechando los pliegues de su ropa y el vuelo de la falda. La navaja era lo único que permanecía estático, al borde de su garganta.
Allí estaba ella, sin poder creer que estaba a segundos de ser ultrajada y, quizá, asesinada en una esquina polvorienta de un espacio fantasma. Diana, como siempre le pasaba en momentos que consideraba surrealistas, se bloqueó emocionalmente para concentrarse en una esquinita del techo, donde la pintura era más que una ausencia.
Recordó entonces que las víctimas suelen “salir de sus cuerpos” para escapar de las situaciones más traumáticas. Y eso fue precisamente lo que ella hizo, mientras este ser enloquecido la recorría, excitado al máximo y con la respiración descontrolada.
De repente, todo se detuvo. La mano que parecía una garra la soltó y él se desinfló, aflojando aquella cuchilla, alejándola de su cuello. Ella no se atrevía a moverse, pero vio de reojo una escena que se le antojó delirante: el muchacho, apoyado contra el muro, se sacudía entre sollozos. Parecía haber olvidado que Diana aún estaba allí, medio desnuda, pero sin sufrir la peor parte.
Ella “enderezó” su ropa y comenzó a alejarse en silencio. Sigilosamente trató de abrir la puerta: estaba cerrada. Haló la manija tan fuerte como pudo, pero sin éxito. Se desesperó tocando botones en el inútil intercomunicador. Fue entonces cuando volteó para fijarse en la figura llorosa de su agresor. Desarmado y débil, era un pobre ser que ya no asustaba a nadie. Y ella sintió rabia…Mucha rabia porque ese tipejo, ese maldito desgraciado se había burlado de su buena fe. Más rabia aún, porque ella no merecía que este hijo de puta, este asqueroso la manoseara hasta la náusea. Ella que siempre ayudaba cuando alguien lo solicitaba, que no ponía barreras a extraños, que se conmovía con los más pobres, con los perritos de la calle, ella que era un alma de Dios. Tenía todo el derecho de matar a este coñoemadre por abusar de una caraja solidaria como uno!
Y la arrechera le salió del alma cuando le gritó:
¡No joda! ¿Ni siquiera me vais a abrir la puerta?
Y esos ojos con lágrimas se clavaron sobre ella, estupefactos. Como en una escena digna de Almódovar, él balbuceó:
¿Pe..pero está..tá cerrada?
Había angustia en su tono y Diana, que sólo quería largarse de una vez, se armó de paciencia para suavizar la siguiente pregunta:
¿Tú no trabajas aquí?
Él movió negativamente la cabeza. Alguien la había dejado entreabierta y  cuando la vio aparecer, al carajito no se le ocurrió otro sitio mejor para atraerla y poder dominarla ¡Es que ella le había gustado mucho!
Entre ambos comenzaron a forcejear con la puerta, buscando el “truquito”, hasta que abrió. Una vez libres, salieron del edificio y sin saber porque, siguieron caminando juntos. Cabizbajo, él intentó una disculpa que se le ahogó en la garganta. Diana, que también era madre, sintió un latigazo de lástima por ese tipo, con tanta pinta de perdedor y que parecía más confundido que ella. Y entonces, como siempre le pasaba, pudo más ese “pragmatismo” tan suyo, que la llevaba a pasar la página, minimizar el daño y desechar cualquier rencor. Su lema era: pare de sufrir.
¡Pero...Dejá de llorar! Yo ya estoy bien ¡Aunque tú tampoco puedes andar por ahí, violando gente!..¿Por qué me atacaste? ¡Yo te estaba haciendo un favor y tú me mentiste! Menos mal que no estoy armada...Imagínate si te metes con otra y viene el marido y te busca para volarte la cabeza. Si sigues así, terminarás preso o muerto…! Y eres tan joven!
Él se apoyó en aquellas palabras, que expresaban un inesperado tono maternal:
Tengo problemas en mi casa. No sé que me pasó. La vi y no pude evitarlo, pero no quería hacerle daño ¡Lo siento tanto!
Pero ella insistió, aconsejándole con genuina simpatía:
OK..pero prométeme que te vas a tranquilizar, antes que te vuelvas loco y te maten la próxima vez ¡Busca ayuda! Si necesitas hablar con alguien, yo puedo escucharte. Llámame a este teléfono y deja la loquera. Cálmate, piensa en tu familia. Yo tengo un hijo chiquito…
Y Diana se despidió con un beso en la mejilla y su mejor sonrisa, pensando en su amiga Laura y una larga reflexión sobre el Síndrome de Estocolmo. Sin embargo, ella estaba convencida de poder rehabilitar a un casi niño, antes de que se convirtiera en un criminal. Y se preparó para aquella llamada… que nunca recibió.
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