La condenada
Llegar al primer grado era un acontecimiento ansiado y temido. Cambiaríamos los chillones uniformes rojos por el intrincado diseño de grises y negro del jumper “de las mayores”. También renunciaríamos a la gracia divina de ser angelitos sólo por ser chiquitas, lo que nos preocupaba a todas. Las monjas comenzaban a prepararnos para recibir a Cristo en la Primera Comunión, y eso implicaba hablarnos sobre nuestras almas en peligro. Pronto llegaríamos a la edad de la razón, como se decía entonces.
Leer y escribir de corrido, cargar con un bulto más grande que uno y lidiar con un Dios que “te mira desde arriba”, día y noche, me resultaba abrumador. Mi uniforme, heredado de mis hermanas, me hacía lucir perdida entre tanta tela. Y ahora ya no tenía a la “seño” de gesto dulce. Sin embargo, a mis compañeras y a mí nos entusiasmaba mudarnos al patio gigante, con cantina y cancha incluídas. Igual de emocionante que tener libros de verdad, “que olían a nuevo”, recién forrados y acompañados con cuadernos a rayas para los apuntes ¿Seríamos capaces de seguir un dictado?
Pero nada como la celebración de nuestra caja “oficial” de Prismacolor : el estreno más esperado el primer día de clases. Ya no eran de cera ni para compartir. Estaban señalados en la lista escolar y muy pocas habían alcanzado el número mágico de 60 creyones, que te hacía sentir artista.
Y fue precisamente por esa marca que participé en uno de esos pequeños y detestables actos que terminan avergonzándonos. Recuerdo muy bien aquella mañana, pues dibujé 28 veces la misma cigüeña a petición de mis amigas. Todas querían la suya para ilustrar un cuento que leímos en clase. Hinchada de orgullo al comprobar lo popular que era, gracias a mis trazos, no reparé en lo que estaba ocurriendo a mi alrededor. Mientras la maestra salió por unos minutos del salón, unas doce niñas hicieron un círculo alrededor de Miroslava. Le gritaban burlonamente “Colorama-Colorama”, en referencia a los creyones más baratos del mercado, que eran los que ella estaba utilizando. Y es que más allá de los colores, era nuestra forma de llamarla “pobretona”.
Apenas comprendí lo que ocurría, me uní a los gritos con el más cobarde entusiasmo. Los enormes ojos de Miroslava se cuartearon y las lágrimas rodaron, bañando sus mejillas. Fue entonces cuando cesó el ataque, pues nos asustamos ante su reacción al pensar en la maestra; que estaba por regresar a su puesto. Alguien se acercó a la carajita, tratando de comprar su silencio. No hizo falta. Ella, más noble que nosotras, se mantuvo callada.
Justo en ese momento apareció en el umbral la Hermana Josefa, en lugar de la “seño” de primer grado. Venía para explicarnos “ciertas cosas malas” que deberíamos evitar para salvarnos del infierno, donde los malvados arden por toda la eternidad. Nada nos pasaría mientras obedeciéramos a los mayores y no hiciéramos “cosas malas”, insistió muy convencida frente a 34 pares de ojos que ni siquiera parpadeaban.
Entusiasmada al comprobar que sus palabras habían provocado un silencio profundo en esta inquieta colmena humana, la voz se elevó y adquirió el verbo dramático de una radionovela. Eso me transportó a mi propia casa, donde Ceci fumaba “con la candela pá dentro” mientras planchaba al ritmo galopante de Martín Valiente.
Más inspirada frente a este auditorio congelado, la hermana Josefa comenzó la historia imborrable de La condenada, una niña de nuestra edad que "había perdido su alma". Sin duda el tema causó conmoción. Para mi era doblemente trágico, ya que también abogaba por el derecho de los animales a ir al Cielo...!Y ahora no sólo mis perros no irían, sino que -quizá- yo tampoco!
Todas nos miramos, sintiéndonos culpables sin saber porqué. Entonces la voz de la monja nos describió a la muchachita mas santa de un pueblo... "Hasta que vio algo malo".
Y "eso" se convirtió en la obsesión de la chamita.
Sin pensar que cometía pecado, seguía el relato, ella imitó aquello "malo". Pero ese Dios, que todo ve y lo sabe...!ZAS! Registró la falta. Pasaron los meses y la niña enfermó de remordimiento. Pero su vergüenza era tal -proseguía la Hermana Josefa-, que no fue capaz de confesarse frente al sacerdote.
Finalmente murió. Todo el pueblo se volcó al sepelio de la pequeña santa. Llorando, se acercaban al ataúd y trataban de obtener un jirón de aquella ropa bendita. Cortar un mechón de su cabello... !Entonces sucedió lo impensable! Una inmensa bola de fuego salió de la urna de este "angel" y ella, levantándose de entre los muertos, se dirigió, con rostro y voz desfigurados, a la espantada multitud que había acudido a su velorio:
"!No me veneren porque estoy maldita! Entregué mi espíritu al demonio y, como pecadora que soy, he sido condenada al Infierno...."
Y las llamas diabólicas desaparecieron, llevando con ellas a quien fuera -alguna vez- ejemplo de virtud.
La "fantasma" (como decía yo a las monjas), tan poseída por la narración como la protagonista de su historia, observó con satisfacción el impacto provocado. Y sonrió complacida, segura de que un sano temor al Señor sería nuestra salvación.
!Ay!... pero la pobre Hermana Josefa nunca imaginó el efecto contraproducente que sus palabras, demasiado vivas, tendrían sobre estas jóvenes mentes. El terror inicial fue reemplazado por una peligrosa conclusión: si aquella criatura casi divina había sido condenada por "una sola faltica" (jamás supimos cuál fue) ¿qué oportunidad de ír al Paraiso teníamos muchachitas corrientes como nosotras? !Pues ninguna! Decidimos entonces que Dios era excesivamente implacable y una triste resignación se sembró en aquellos pupitres.
Así fue como naufragó aquella primera lección que nos "preparaba" para la Primera Comunión. Pero un coletazo de ese día sobrevive hasta hoy...Soy incapaz de soltar mi pelo libremente sobre la almohada al dormir. Lo recojo cuidadosamente..!Aún temo que el diablo lo use para arrastrarme, como hizo con la niña del cuento!
PR