miércoles, 24 de octubre de 2012
LA BODA
Para @MMalaverM... !El Mago que me encantó!
"¿Ves a ese hombre con los ojos de vidrio? Está mirándonos por encima
de la cerca... !Fíjate!!". Y yo, escudriñaba la oscuridad, sin poder
distinguir a ese ser extraño que me describía el novio de mi hermana.
Pero entonces noté algo: !las matas parecían moverse!... !Ahora sí!
Ese brillo entre las hojas...!ESE ES ÉL... DIOOOSSS... ES EL
MONSTRUOOOO!!"
Un minuto fue suficiente para cruzar el porche, la sala, el pasillo
y correr a los primeros brazos que encontré. Tenia cuatro años y me faltaba ese sano
escepticismo que permite dudar de la palabra
de otro. Como crecí bajo el precepto:"Cuando los grandes hablan, los
chiquitos se callan", estaba lejos de entender las bromas de aquel
aspirante a cuñado, que apenas podía contener la risa al contemplar
como mis ojos se abrían desmesuradamente.
Y es que con la casa llena de hermanas y sus pretendientes, mi
costumbre de sentarme entre ellos a la hora de la visita, cual
chaperona involuntaria, me hacía víctima propicia de los juegos del
muchacho en cuestión. Incluso sin que su amada, distraída con una
revista, se diera cuenta de lo que él me susurró, para lograr mi
huída.
Pero, un año después, el compromiso formal de otra hermana
marcaría mi pequeño mundo. Era también mi jovencísima madrina y la más
amorosa de las madres sustitutas. Yo aún no me recuperaba de la
separación de la mayor de la prole, que vivía en el exterior !Perder a
una segunda entre mis favoritas era inimaginable!
Ella, con mucha dulzura, se inclinó hacia mí sonriente: "Pronto seré
una señora". Pero yo sacudí la cabeza, negando con energía:"!Las
señoras son viejas!" y enseguida señalé a mi mamá, que se movía entre
la cocina y el corredor, ajena a la conversación.
A partir de entonces todo sucedió vertiginosamente. Un cuarto se llenó
de regalos de cualquier tamaño, que llegaban sin parar. Lo que no
podré olvidar fue la hermosísima Virgen
sentada en su trono y más grande que Carlota, la más gigantesca de mis
muñecas. Me impresionó tanto que la pusieron arriba del escaparate,
tan lejos de mis anhelos como fuera posible.
Era la primera boda familiar que iba a presenciar. Y todos
estábamos nerviosos con los preparativos. Ya mi hermana no tenía
tanto tiempo para compartir conmigo aquellos rituales de belleza a los que me
tenía acostumbrada. Me aburría lavarme el pelo sola... y por olvidar
"la cremita", sufrir luego los peinetazos impacientes que
yo misma me inflingía, intentando deshacer nudos imposibles.
Malhumorada, no quería
otras manos peinándome ni ayudándome a vestir, lo que provocó algunos
disparates en mi atuendo, corregidos por mamá.
Entre viajes a la costurera y salidas para compras, intentaba pasar el
mayor tiempo posible con la atareada novia, cuyo entusiasmo no
compartía. Trataba de complacerla usando zarcillos, pero sin renunciar
a mis eternas pantaletas, única vestimenta decente para andar por
la casa. Mis visitas a su habitación se hicieron más
frecuentes...incluso en su ausencia. !Había tanto que mirar! Una pila
de recortes con diseños de moda, una lista interminable de invitados
y muchos más obsequios
sobre la cama. Esa mañana, al salir corriendo para su trabajo, dejó a
medio abrir
la gaveta con su maquillaje...
Al mediodía siguiente, justo cuando yo regresaba del Kinder, la
escuché, apuradísima, preguntando en voz alta: "¿Quién ha visto mis
pestañas postizas? " Finalmente llegó hasta mí. Estaba muy seria y mi
corazón muy desbocado. No estaba segura de lo que yo había hecho, pero
algo me decía que mi ultima incursión a su dormitorio se relacionaba
con esa búsqueda. Fue entonces cuando le pregunté a mi vez: "¿Unos
pelitos que vuelan?"
El asombro hizo crecer sus pupilas y corrió escaleras
arriba, asomándose a la ventana de su cuarto, aun a sabiendas de que
ya era demasiado tarde. No quiso hablar conmigo hasta el otro día. Fue
entonces cuando tomó mi mano y me acercó hasta sentarme a su lado:
"Ven acá. Sé como te sientes, por eso ya no me importa que tiraras mis pestañas. Sólo
me voy a casar, pero tú seguirás siendo mi hermanita y nadie te va a
abandonar ¿Me comprendes?".
Me abrazó muy fuerte y la vi alejarse, mientras me lanzaba besos. Su
prometido la estaba esperando y ambos desaparecieron por
la puerta principal. Los seguí con mirada desolada...pero
la deje ir.
A partir de allí, la locura por la boda sólo se acentuó. Me
midieron un vestido rosa pálido, lleno de encajes. Unos lindos zapatos
blancos y mi hermana-madrina me sentó sobre sus piernas, acarició mi
cabeza y me dijo al oído: "serás la pajecita más especial del
cortejo... !porque tú llevarás los anillos! ". Y con un remate de
cosquillas, para obligarme a reír, me dejó extasiada con mi papel
estelar. Después de todo, casarse no era tan malo si yo iba a ser
una "Super Pajecita".
Confieso que no presté atención durante los ensayos en la
Iglesia. Me la pasé jugando con mi prima Naty -de mi edad-, con mi
sobrinito Rafa y con otros dos niños de la comitiva infantil. Sólo
cuando me llamaban, cumplía el caminar hacia el altar, extendiendo las
manos como si llevara la bandeja con las arras. Y allí concluía mi
participación.
Por fin llegó aquel sábado inolvidable. Mi cabeza llena de rollos y
el madrugonazo general me sorprendieron bajo la regadera, bostezando y
restregándome los ojos. Tan somnolienta que no recuerdo como llegue a
ser la muchachita de la foto.
!Fue un día de sentimientos encontrados! La emoción de la fiesta no me
borraba la nostalgia por mi hermana. Menos mal que mis primitos
acababan de llegar y sobre todo, Naty. Corrimos la una hacia la otra y
nos admiramos mutuamente. En ese momento alguien le entregó a ella un
bello bouquet en miniatura, complemento ideal para nuestro hermoso
vestido.
"¿Y el mío?" Pregunté ansiosa a ese alguien que se alejaba. "Tú no
tienes ramo. Recuerda que vas a llevar las arras". Un !NOOOOOOO!
Inmenso me brotó del alma. !Había sido estafada por mi propia familia!
Entonces sólo quedaba convencer a Naty de cambiar su lugar conmigo.
Respire profundo y la observé. Mostraba orgullosa sus flores,
pero yo confiaba en mi poder de disuasión. Después de todo, entregar
los anillos en el altar era un gran honor: !te convertía en "Super
Pajecita"! Ella me prestó total atención y me respondió sin vacilar:
"No quiero".
Cuando nos separaron, yo estaba pisándola y habia logrado arrebatarle
el ramo. A pellizcos me montaron en el carro mientras me advertían lo
que el diablo hacía con los desobedientes. Nada pudo evitar que unos
soberbios lagrimones comenzaran a rodar por mis mejillas. Y así
llegamos a la Iglesia.
La entrega de arras transcurrió sin pena ni gloria. Regresé a mi
puesto con las manos vacías. Naty y yo quedamos a tres niños de
distancia. Las demás pajecitas sostenían sus "buquesitos" y
cuchicheaban entre ellas. Yo las miraba con una nada disimulada
envidia.
La recepción en el club era un sueño hecho realidad. Sin embargo, para mí no había
consuelo: mi hermana se iría y, de paso, se había burlado al
prometerme que yo sería "la más especial del cortejo". Nadie se había
acordado de encargar mis flores..!Nadie me queríaaaa! Con ese espíritu
derrotado y sollozante iba por todos los rincones del salón de
festejos, secándome
el llanto con el dorso de la mano e ignorada por los invitados.
Mi oportunidad llegó a la hora de tomar las fotografías formales. Mis parientes
suponían que me habría apaciguado en medio de tanto alboroto, sin
sospechar mi tormenta interior. Cuando nos
pidieron sonreir, mientras la pareja se besaba... !Un
brusco templón hizo voltear a la recién casada! Todos los ojos se
clavaron sobre mí, que aún tiraba con fuerza del traje nupcial.
Fue así como ella se acercó, ofreciéndome su propio ramo que, con
mucha dignidad, me negué a aceptar. Desde mi metro de estatura
me creía dueña de la razón y por fin sería escuchada. Apenas iba a
contar lo olvidada y celosa que me sentía, cuando súbitamente mi
propia falda se levantó y !ZAS! El ardor rojizo de dos nalgadas logró
enmudecerme. Al lado, desafiante, otra de mis hermanas me decía -entre
dientes- "!Ya basta!"
Desde ese instante me desbarranqué. Las imágenes inmortalizaron mi
pública humillación en medio de la felicidad ajena. Cabizbaja y
haciendo pucheros, sufrí cada minuto bajo el flash de aquel
fotografo. En cuanto terminó la sesión, escapé a los brazos de mi
hermano,que era mi pediatra. El me llevó cargada hasta su mesa donde,
ahora sí, podía desahogarme entre sorbos de jugo de naranja e hipo.
Allí los presentes me oyeron con simpatía y comentarios jocosos
mientras yo me quejaba amargamente y reclamaba "justicia".
!Tanta mezcla de emociones fue demasiado para mí! Enferma,
tuve que perderme el resto del matrimonio y fui trasladada a la
casa, donde la querida Daría (nuestra propia ¨Mamá Dolores"), me
esperaba, para acostarme y encender el televisor. Un mono descomunal
colmó la pantalla. Yo me pregunté si King Kong también tendría
hermanas.
Maracaibo, septiembre 2012:
Mi cuñado me saluda con un guiño. En tres meses se casará la menor de
las hijas. Cerca de nosotros juega Valeria, única nieta y máxima
alegría de esta familia. Pronto cumplirá seis años y se prueba sus
disfraces "de hada", mientras habla sin cesar sobre la boda de su tía.
Ella será "la pajecita especial", como le dijo su abuela, "!porque sólo
yo voy a llevar los anillos!", exclama y me dirige una gran sonrisa.
"Y también tendrás un precioso ramo de flores..". Es la voz de mi
hermana-madrina, que entrando a la sala, me mira con dulzura.
PR
sábado, 13 de octubre de 2012
EL AUTÓGRAFO
!Callenseeee! El grito cayo como un ladrillazo en medio del lobby de
aquel hotel en Margarita, provocando el silencio asombrado de los
turistas, que antes conversaban tan animadamente.
De reojo vi a mi madre, con la cara enrojecida y pidiendo disculpas
a diestra y siniestra. Venia directo hacia mi...Un segundo después
sentí como me elevaba, tirando del lóbulo de mi oreja y me llevaba,
agitándome y casi a rastras, al ascensor.
La soledad de mi castigo -en la habitación 47 y sin televisor-,
sirvió para recordarme que no estaba en mi casa...Y que mi mama no
comprendía lo vital que era ver a Los Picapiedra en silencio.
Y es que al ser la zurrapa en un sobrepoblado hogar, solo con mucho
carácter se puede sobrevivir. Pero lo peor estaba por acontecer: una
vez que regresamos a Maracaibo, fue imposible retomar la rutina de las
seis de la tarde y mis galletas con diablitos.
Como minoría indefensa, a los cinco años, yo era implacablemente
aplastada por un grupo de fanáticos que antes habían sido mis
hermanos. La culpa de tanto trastorno en mi vida la tenia un juego,
para mi desconocido, que ellos llamaban fútbol y que se había
apoderado de sus cuerpos y mentes. Estaban tan "fiebrúos" que era
fácil recibir pelotazos desde cualquier rincón del patio e imposible
sintonizar los canales de siempre, en el único aparato que reinaba en
el gran pasillo familiar.
Me resultaba especialmente odioso un jugador "estrella" del cual
nadie dejaba de hablar y de cuyo nombre no quiero acordarme. Mi hastío
era total y nada me hizo más feliz que presenciar el final del
campeonato y volver a mis actividades vespertinas con toda normalidad.
Pero fue entonces cuando se anunció la repentina llegada del famoso
equipo a nuestra ciudad, para un partido amistoso que provocó la
euforia colectiva. Como si me hubiese arrastrado un tsunami, de pronto
estaba metida en un estadio, en medio de la loquera general !Yo, que
me sentía tan ajena a todo aquello!
El partido transcurrió sin que me enterara ni me interesara en el.
Sólo quería que la gritería se calmara para irme !90 minutos de
aburrimiento y calor que ya estaban por finalizar, gracias a Dios!
Justo en ese instante una mano fuerte haló la mía y moviéndonos a
empujones, bajamos de las gradas y nos internamos por pasillos
atestados de gente. Mi escasa altura sólo me permitía llegar casi a la
cintura de la mayoría, que eran varones. Entonces esa mano me soltó.
Uno de mis hermanos y su amigo se inclinaron para explicarme:
estabamos en el Vestuario donde se concentraban los jugadores que
ellos querían conocer. Venían por sus autógrafos y yo debía quedarme
quieta, en medio de esa agitación mientras ellos buscaban las ansiadas
firmas. En especial una de ellas.
A modo de consuelo me dejaron un lapiz y un papel "Si quieres dibuja
algo..." Yo me sentía perdida, confundida y fuera de lugar. Mire para
todas partes y solo ví hombres alborotados y alzando la voz. Decidí no
moverme, apenas respirar !Mi timidez se disparó a la enésima
potencia!
Y repentinamente, como una exhalación, apareció un negro alocado, que
de un tirón me arrancó el papel y garrapateó allí. Me lo devolvió sin
hablarme y desapareció entre un torbellino de caras sonrientes. Yo
estaba asombrada ante el atrevimiento del desconocido. Una falta de
respeto rayar mi hoja sin permiso. Ya no serviría para dibujar. Miré
con desprecio las cuatro letras con una especie de bolita encima y
simplemente arrugué aquello, lista para lanzarlo a la basura.
Ya mis hermanos estaban de vuelta, un tanto desanimados porque les
faltó el autógrafo del jugador principal. Con los otros no tuvieron
problemas, pero "la estrella" se les escapó cada vez que quisieron
acercarse. Yo los escuchaba distraida, con la hoja arrugada en la
mano, buscando la papelera más cercana,como me enseñó mi mamá.
Años más tarde, en el consultorio de mi dentista, hojeaba
mecánicamente una revista vieja, cuando mis ojos tropezaron con algo
familiar: en un anuncio de una marca deportiva, se veía una pelota de
fútbol. !Y allí estaba! De mi memoria saltó como un resorte y reconocí
aquel garrapateo feo, sin ningún arabesco elegante para impresionar.
Volví a mi niñez mirando sorprendida cuatro letras con una
bolita encima: PELE.
Patricia Rincón
aquel hotel en Margarita, provocando el silencio asombrado de los
turistas, que antes conversaban tan animadamente.
De reojo vi a mi madre, con la cara enrojecida y pidiendo disculpas
a diestra y siniestra. Venia directo hacia mi...Un segundo después
sentí como me elevaba, tirando del lóbulo de mi oreja y me llevaba,
agitándome y casi a rastras, al ascensor.
La soledad de mi castigo -en la habitación 47 y sin televisor-,
sirvió para recordarme que no estaba en mi casa...Y que mi mama no
comprendía lo vital que era ver a Los Picapiedra en silencio.
Y es que al ser la zurrapa en un sobrepoblado hogar, solo con mucho
carácter se puede sobrevivir. Pero lo peor estaba por acontecer: una
vez que regresamos a Maracaibo, fue imposible retomar la rutina de las
seis de la tarde y mis galletas con diablitos.
Como minoría indefensa, a los cinco años, yo era implacablemente
aplastada por un grupo de fanáticos que antes habían sido mis
hermanos. La culpa de tanto trastorno en mi vida la tenia un juego,
para mi desconocido, que ellos llamaban fútbol y que se había
apoderado de sus cuerpos y mentes. Estaban tan "fiebrúos" que era
fácil recibir pelotazos desde cualquier rincón del patio e imposible
sintonizar los canales de siempre, en el único aparato que reinaba en
el gran pasillo familiar.
Me resultaba especialmente odioso un jugador "estrella" del cual
nadie dejaba de hablar y de cuyo nombre no quiero acordarme. Mi hastío
era total y nada me hizo más feliz que presenciar el final del
campeonato y volver a mis actividades vespertinas con toda normalidad.
Pero fue entonces cuando se anunció la repentina llegada del famoso
equipo a nuestra ciudad, para un partido amistoso que provocó la
euforia colectiva. Como si me hubiese arrastrado un tsunami, de pronto
estaba metida en un estadio, en medio de la loquera general !Yo, que
me sentía tan ajena a todo aquello!
El partido transcurrió sin que me enterara ni me interesara en el.
Sólo quería que la gritería se calmara para irme !90 minutos de
aburrimiento y calor que ya estaban por finalizar, gracias a Dios!
Justo en ese instante una mano fuerte haló la mía y moviéndonos a
empujones, bajamos de las gradas y nos internamos por pasillos
atestados de gente. Mi escasa altura sólo me permitía llegar casi a la
cintura de la mayoría, que eran varones. Entonces esa mano me soltó.
Uno de mis hermanos y su amigo se inclinaron para explicarme:
estabamos en el Vestuario donde se concentraban los jugadores que
ellos querían conocer. Venían por sus autógrafos y yo debía quedarme
quieta, en medio de esa agitación mientras ellos buscaban las ansiadas
firmas. En especial una de ellas.
A modo de consuelo me dejaron un lapiz y un papel "Si quieres dibuja
algo..." Yo me sentía perdida, confundida y fuera de lugar. Mire para
todas partes y solo ví hombres alborotados y alzando la voz. Decidí no
moverme, apenas respirar !Mi timidez se disparó a la enésima
potencia!
Y repentinamente, como una exhalación, apareció un negro alocado, que
de un tirón me arrancó el papel y garrapateó allí. Me lo devolvió sin
hablarme y desapareció entre un torbellino de caras sonrientes. Yo
estaba asombrada ante el atrevimiento del desconocido. Una falta de
respeto rayar mi hoja sin permiso. Ya no serviría para dibujar. Miré
con desprecio las cuatro letras con una especie de bolita encima y
simplemente arrugué aquello, lista para lanzarlo a la basura.
Ya mis hermanos estaban de vuelta, un tanto desanimados porque les
faltó el autógrafo del jugador principal. Con los otros no tuvieron
problemas, pero "la estrella" se les escapó cada vez que quisieron
acercarse. Yo los escuchaba distraida, con la hoja arrugada en la
mano, buscando la papelera más cercana,como me enseñó mi mamá.
Años más tarde, en el consultorio de mi dentista, hojeaba
mecánicamente una revista vieja, cuando mis ojos tropezaron con algo
familiar: en un anuncio de una marca deportiva, se veía una pelota de
fútbol. !Y allí estaba! De mi memoria saltó como un resorte y reconocí
aquel garrapateo feo, sin ningún arabesco elegante para impresionar.
Volví a mi niñez mirando sorprendida cuatro letras con una
bolita encima: PELE.
Patricia Rincón
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