sábado, 13 de octubre de 2012

EL AUTÓGRAFO

  !Callenseeee! El grito cayo como un ladrillazo en medio del lobby de
aquel hotel en Margarita, provocando el silencio asombrado de los
turistas, que antes conversaban tan animadamente.
  De reojo vi a mi madre, con la cara enrojecida y pidiendo disculpas
a diestra y siniestra. Venia directo hacia mi...Un segundo después
sentí como me elevaba, tirando del lóbulo de mi oreja y me llevaba,
agitándome y casi a rastras, al ascensor.
  La soledad de mi castigo -en la habitación 47 y sin televisor-,
sirvió para recordarme que no estaba en mi casa...Y que mi mama no
comprendía lo vital que era ver a Los Picapiedra en silencio.
Y es que al ser la zurrapa en un sobrepoblado hogar, solo con mucho
carácter se puede sobrevivir. Pero lo peor estaba por acontecer: una
vez que regresamos a Maracaibo, fue imposible retomar la rutina de las
seis de la tarde y mis galletas con diablitos.
  Como minoría indefensa, a los cinco años, yo era implacablemente
aplastada por un grupo de fanáticos que antes habían sido mis
hermanos. La culpa de tanto trastorno en mi vida la tenia un juego,
para mi desconocido, que ellos llamaban fútbol y que se había
apoderado de sus cuerpos y mentes. Estaban tan "fiebrúos" que era
fácil recibir pelotazos desde cualquier rincón del patio e imposible
sintonizar los canales de siempre, en el único aparato que reinaba en
el gran pasillo familiar.
  Me resultaba especialmente odioso un jugador "estrella" del cual
nadie dejaba de hablar y de cuyo nombre no quiero acordarme. Mi hastío
era total y nada me hizo más feliz que presenciar el final del
campeonato y volver a mis actividades vespertinas con toda normalidad.
  Pero fue entonces cuando se anunció la repentina llegada del famoso
equipo a nuestra ciudad, para un partido amistoso que provocó la
euforia colectiva. Como si me hubiese arrastrado un tsunami, de pronto
estaba metida en un estadio, en medio de la loquera general !Yo, que
me sentía tan ajena a todo aquello!
  El partido transcurrió sin que me enterara ni me interesara en el.
Sólo quería que la gritería se calmara para irme !90 minutos de
aburrimiento y calor que ya estaban por finalizar, gracias a Dios!
Justo en ese instante una mano fuerte haló la mía y moviéndonos a
empujones, bajamos de las gradas y nos internamos por pasillos
atestados de gente. Mi escasa altura sólo me permitía llegar casi a la
cintura de la mayoría, que eran varones. Entonces esa mano me soltó.
 Uno de mis hermanos y su amigo se inclinaron para explicarme:
estabamos en el Vestuario donde se concentraban los jugadores que
ellos querían conocer. Venían por sus autógrafos y yo debía quedarme
quieta, en medio de esa agitación mientras ellos buscaban las ansiadas
firmas. En especial una de ellas.
A modo de consuelo me dejaron un lapiz y un papel "Si quieres dibuja
algo..." Yo me sentía perdida, confundida y fuera de lugar. Mire para
todas partes y solo ví hombres alborotados y alzando la voz. Decidí no
moverme, apenas respirar    !Mi timidez se disparó a la enésima
potencia!
 Y repentinamente, como una exhalación, apareció un negro alocado, que
de un tirón me arrancó el papel y garrapateó allí. Me lo devolvió sin
hablarme y desapareció entre un torbellino de caras sonrientes. Yo
estaba asombrada ante el atrevimiento del desconocido. Una falta de
respeto rayar mi hoja sin permiso. Ya no serviría para dibujar. Miré
con desprecio las cuatro letras con una especie de bolita encima y
simplemente arrugué aquello, lista para lanzarlo a la basura.
Ya mis hermanos estaban de vuelta, un tanto desanimados porque les
faltó el autógrafo del jugador principal. Con los otros no tuvieron
problemas, pero "la estrella" se les escapó cada vez que quisieron
acercarse. Yo los escuchaba distraida, con la hoja arrugada en la
mano, buscando la papelera más cercana,como me enseñó mi mamá.
Años más tarde, en el consultorio de mi dentista, hojeaba
mecánicamente una revista vieja, cuando mis ojos tropezaron con algo
familiar: en un anuncio de una marca deportiva, se veía una pelota de
fútbol. !Y allí estaba! De mi memoria saltó como un resorte y reconocí
aquel garrapateo feo, sin ningún arabesco elegante para impresionar.
Volví a mi niñez mirando sorprendida cuatro letras con una
bolita encima: PELE.

Patricia Rincón

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