RAFAELA
In memoriam
El día que enterramos a M. también murió Rafaela. Fue como despedir a
dos niños, a pesar de que los separaban 79 años. El bebé era casi una
promesa irrealizable. Su corazón apenas aguantó
tres meses. Eso si: tan felices como brevísima fue su existencia.
Pero con Rafaela todo era diferente, pues ella se había convertido en un
ser legendario mucho antes de irse. Estar a su lado significaba
sumergirse en un halo mágico, donde la inocencia era un estado
permanente. Una niña eterna en ese cuerpo de señora madura, de piernas
enfermas pero que, perdida en sus ensoñaciones, había logrado mantener
su espíritu libre de los rigores de la edad y de las amarguras.
Y es que donde nosotros veíamos sólo una mata, Rafa nos señalaba
-convencídisima- los rastros de un duende,..!Porque ella si creía en
duendes, hadas, El Silbón, La Llorona y pare usted de contar! mezclando
jirones de mitología celta con los cuentos de espantos de la serranía
de Coro, lugar donde había nacido su mamá, nuestra amada Daría.
A Rafa la conocí una mañana sin fecha. Como siempre yo corría descalza
y en pantaletas, rodeada por mi pequeña jauría. Cuando se abrió la
reja (el candado era sólo para la noche), entró Daría, "cuidadora" por
30 años de mi familia. Se cumplió el ritual entre ambas: me lancé a
abrazarla, eleve mis ojos y mirándola fijamente, pregunté "¿Cómo era
yo cuando era chiquita?". Y ella, que me había respondido mil veces
lo mismo, actuó como si fuera una novedad y me sonrió con una dulzura
que no he vuelto a encontrar: "!Tú eras una muñequita preciosaaaa!
(aquí sus brazos parecían cargar un bebé invisible) ¨Eras blanquitaaa,
con los cacheticos rosados y el pelito muy negro".
Ese día no vino sola. A su lado, callada y curiosa, permanecía una
mujer más joven, pero tan oscura y de pelo tan insurrecto como la
propia Daría. Sin dejar de abrazarme, nuestra ex nana me dijo: "Mira,
mi amor: ella es mi hija".
La apariencia de Rafa, con esas manos inmensas
y su cara agujereada y gruesa, me hiZo desconfiar. Entonces me saludó. Su voz
inmediatamente apagó mi recelo !Hablaba como yo! Me pidió que
jugáramos. En media hora le habíamos fabricado,en el patio, un rancho
de ramitas a las Barbis, para protegerlas del feroz ataque de mis
dinosaurios. De allí en adelante nos hicimos inseparables y su llegada
se convirtió en el mejor pretexto para no ir al kinder.
Y no es que no me gustara ir al colegio, pero prefería quedarme con
Rafaela antes que con las amiguitas de la clase. Con ella pude
descubrir los rincones "más movidos" que abundaban en mi casa, donde
seres fantásticos convivían con nosotros sin yo saberlo. Nos perdíamos
en la oscura y misteriosa esquina donde se entrelazaban las uvas de
playa y entonces ella me contaba sobre el triste destino del
muchachito al que mandaron a comprar pan y desobedeció a sus papás.
Inolvidables nuestros tardes juntas, cuando el sol rajaba las piedras
y la "hora del burro" pasaba factura. En lugar de dormir la siesta,
Daría, Rafaela y yo teníamos fiesta en la vieja
cocina. Allí se respiraba el sudor dulce del coco, ya vuelto leche;
que a fuerza de paleta se transformaba en majarete. Acomodada en el
gran mesón,mis piernas colgaban inquietas, mientras saboreaba la
espesura caliente del dulce, que sólo me gustaba antes de cuajar.
Y mientras yo usaba el cucharón de madera para raspar el fondo de la
paila, madre e hija me hacían alucinantes revelaciones. Por ejemplo,
porque a la medianoche del 24 de diciembre los animales se "agachan" y
doblan sus paticas para
rendir honores al Niño Jesús. Esa misma Navidad me
escapé hacia el corral, para observar- pese a la oscuridad- a gallinas
y patos... pero mis perros, aullando por los cohetes, se olvidaron de
la adoración divina y me rodearon en busca de protección, tapando con
sus cabezas la mía. Sin
embargo, creí adivinar aquel milagro entre
las sombras. Y así creció aún más la inquebrantable fe en mis amigas.
En muchas ocasiones recuerdo que, en medio de los relatos sobre luces
fantasmales
señalando "entierros", Rafa viraba los ojos y su timbre agudo era
reemplazada por un vozarrón extraño. La primera vez que la escuché me
asusté mucho,
pero Daría me calmó diciendo: "son los Hermanos, que vienen a
saludar". Esas "visitas" se volvieron algo tan natural, que no puse
mayor atención. Eran los únicos momentos en que Rafaela no
se parecía a Rafaela.
De cuando en cuando, a las dos nos sorprendía un aguacero bajo los matorrales
de lo que llamamos El callejón, un corredor a un lado de la casa, que
se había transformado en el túnel vegetal donde creamos nuestro
refugio para interpretar sueños. "Y si son malos,
hay que contarlos antes de las 12, para que no ocurran", me decía.
Yo, tendida sobre la tierra, repasaba mis recuerdos de la noche anterior,
mientras ella -absolutamente seria- me aconsejaba: "Y si se te aparece
un difunto y te ofrece un espejo, dile que no. Si te llegas a mirar,
el muerto te lleva...". A pocos metros de nosotras estaban los dos
naranjos que sembró mi abuela cuando joven y que jamás dieron fruto;
pero a los que -según Rafa- todos los Viernes Santos, a las 3 de la
tarde, les brotaban unos cachitos en la corteza "¿No los has visto?
Eso es por las heridas de Cristo". Entonces, con la imaginación de mis
casi seis años, dejaron de ser sólo dos árboles estériles !Ahora
teníamos un bosque encantado!
Pero si los días estaban llenos de esa desbordante imaginación de
Rafaela, las noches eran aun mejores, gracias al interminable caminar
de la luna en su mente. Era la
hora del riego; cuando el sol calcinante no iba a robar la frescura a
nuestras matas sedientas. Entonces llovían también sobre mí leyendas
absolutamente irrepetibles, con todos sus personajes interpretados por
ella. Al terminar, nos sentábamos en cualquier rincón,con el cielo
como único techo; dedicadas a buscar estrellas. Ese era el instante
justo para describir a los ángeles y a Lucifer; el más bello de
todos... hasta que se creyó Dios y cayó en desgracia. Para las ánimas
del Purgatorio nunca olvidabamos los vasitos de agua en sitios
estratégicos.
Siendo yo un poco más grande, hubo una larga sequía, seguida por
violentas tormentas que comenzaban "en seco" y nos llenaban el corazón
de espanto. Como el pararrayos del hotel vecino asomaba a nuestra casa,
era terrible y fascinante a la vez contemplar esa furia desatada,
mientras nos tapabamos los oídos en un vano intento por escapar de los
truenos. Entonces mi madre, Daría y Rafaela nos reunían en el pasillo
y rezábamos el rosario en familia, creyendo conjurar el peligro al
quemar palma bendita. Pero ni esas oraciones pudieron evitar que un
gran árbol de tapara fuera arrancado de cuajo por la centella. Durante
mucho tiempo quedó su muñón clavado, como triste recordatorio de lo
que fue una inmensidad.
Por supuesto que Rafaela no desperdicio la oportunidad de contarnos
sobre "la piedra del rayo", que emergeria sola del sitio del fogonazo,
afilada como cuchillo y que, al atarle un cordel, este no se puede
quemar sin importar cuanto fuego lo toque. Pero ese era un pobre
consuelo para mí, que igual temblaba de pavor cuando empezaban a
estallar las nubes sobre nuestras cabezas.
Pese a que Daría ya se había retirado del servicio, ambas venían con
frecuencia "a cocinar por día" y eran muy bienvenidas. Así que fui
creciendo habituada a compartir con ellas. Sin importar el paso del tiempo
Rafa seguía invariable, descubriendo -cual Quijote- mundos nuevos en
las esquinas mas corrientes. Igualmente crecía el numero de
muchachitos -mis sobrinos y sus
amigos- que veían en ella la compañera de juegos ideal.
Frente a una criatura llorona o imposible de controlar, la exclamación
de los adultos era: "Llévenlo con Rafaela"
Pero en una ocasión nosotros fuímos a verlas, "porque Daría se siente
mal". Me quedó grabado aquel camino accidentado,
mientras bajamos hacia las paredes de lata, que se cubrían con
periódicos como si fuera papel tapiz. Viendo todo con los "ojos de
Rafaela", quede embelesada contemplando la mascota del barrio: un
monito en un
chinchorro, que se mecía sin parar, amarrado a una mata.
Y así fue como un día de aquellos Rafa y sus fantasías se mudaron a
casa. Mi madre cumplió su promesa y nuestra irremplazable Daría pudo
descansar. Nos dejó en la memoria su alma reilona, que aún hoy me
endulza al pensar en ella... y también a su única hija, el ser más
libre que he conocido en mi vida.
Se levantaba bien entrado el
mediodía y prefería sus extrañas salsas a
nuestros almuerzos. Fue así como se le instaló una pequeña cocina que
que le dio más independencia a su nuevo hogar. Aunque a deshora;
continuó haciendo las cosas que le calmaban, como barrer las hojas. Así
que no era raro verla con su escoba -en plena madrugada- recibiendo a
"los Hermanos" que querían hablar con ella. Tuvimos que pedirle que no
fueran tan ruidosas esas reuniones, ya que sus voces
solían retumbar por toda la planta baja.
Pese a sus piernas, ahora bajo tratamiento médico, Rafaela no dejaba
de ir y venir,dentro y fuera de nuestra calle. Mi madre se quejaba de
lo "andariega" que era... y luego comenzó a preocuparse de su
influencia sobre mí, que acababa de cumplir 10 años. Incluso una de
las monjas de mi colegio, que me quería
mucho, le pidió "vigilarnos"... La pobre no sabía que era inútil
tratar de perseguirnos por ese universo paralelo que compartíamos,
poblado de imposibles. En un rol más maduro, yo me había convertido en
su protectora y en la
maestra improvisada que guiaba sus palotes en viejos cuadernos.
Fue mi propia adolescencia la que me hizo acercar a la lógica
aplastante de los adultos, donde no cabía mirar "con ojos de Rafaela"
la realidad. Un distanciamiento gradual, condescendiente frente a sus
"loqueras", como las califiqué. Años más tarde una nueva generación,
donde estaba mi hijo,se fascinaría con los mismos cuentos,,, sólo que
yo como "grande", ya no podía disfrutarlos.
El día que Rafaela murió, llegué tarde a verla. Quería decirle al oído
que no la iba a olvidar, que le dedicaría una historia... !Su
historia! Pero no pudo ser. Esa noche la velamos en casa y me
reconforté entrando en ese cuarto tan excéntrico como ella. Un
desorden impresionante y un inesperado alud de libros me esperaron,
Medio escondido estaba un horrendo ángel de loza, tamaño natural. Lo
reconocí de inmediato, pues yo misma se lo había regalado, queriendo
deshacerme del esperpento entregándolo a la única persona que lo
apreciaría. Casi sin atreverme a tocar nada, un par de tomos cayeron a
mis pies. Los levanté y mire a una de mis hermanas sin comprender.
Ella me sonrió divertida:
"!Rafaela se fue creyendo que había aprendido inglés!"
Patricia Rincón
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